Cry Macho: los cowboys (no) lloran

Clint Eastwood desempolva el sombrero de vaquero y la silla de montar. Como en Mula (2018), se coloca delante y detrás de las cámaras para contarnos una historia que (quizás) ya nos había contado con anterioridad. Sin embargo, ¿resulta interesante esta deconstrucción de su carrera, o es solo un dramón que roza el telefilme?
Mike Milo (Clint Eastwood), un jinete en el ocaso de su carrera. Fuente: Fotogramas.

Ciertamente, multitud de críticas lo han señalado, pero el hecho de recordarlo no le quita valor: Clint Eastwood tiene actualmente 91 años a sus espaldas y más de 60 de trayectoria profesional. El director, productor y actor es una de las pocas leyendas vivas del cine; una reliquia del Hollywood de antaño. Por ello, toparse con una película suya en cartelera (prácticamente, cada año) no deja de ser una alegría para los espectadores de hueso colorado; especialmente, cuando decide desengrasar sus dotes interpretativas.

La crítica especializada (sobre todo, la angloparlante) ha vapuleado Cry Macho. Se la ha tachado de “lenta”, “aburrida”, “excesivamente sencilla”… Uno de los argumentos más comunes ha sido el cuestionamiento del señor Eastwood como protagonista: “Está muy mayor“. Con respecto a este detalle, creo que es precisamente lo que él buscaba: mostrar a una estrella cuyo brillo se apaga lentamente pero a la que le quedan suficientes fuerzas, coraje e incluso locura, como para embarcarse en otra epopeya cinematográfica.

Y sí, el concepto de “héroe crepuscular” no es algo que Eastwood haya inventado; lo preceden películas como Valor de Ley (Hathaway, 1969) con John Wayne. No obstante, si uno analiza su filmografía, notará que esta, junto con otras cuestiones como la culpa, la soledad o la vejez, son prácticamente los temas centrales del director. Es más, se podría decir que él es quien ha perfeccionado y madurado esas inquietudes narrativas. Solo hay que observar unas cuantas muescas en su revólver: Sin perdón (1992), Million Dollar Baby (2005), Gran Torino (2008), su reciente Mula (2018) o, incluso, Los puentes de Madison (1995). Todas ellas, en mayor o menor medida, tratan alguno (o todos) los leitmotive anteriormente citados.

Clint junto al gallo “Macho”, el otro protagonista de la cinta. Fuente: HobbyConsolas

Por tanto, ¿volver a esas mismas inquietudes en Cry Macho no resulta reiterativo? En lo absoluto, y esto es porque, precisamente, la cuestión de la edad aquí funciona de forma más efectiva que nunca. Clint está visiblemente mayor, se mueve lentamente, su voz se siente cascada y apagada (todo esto en VO, aunque la versión doblada parece respetar esto con bastante fidelidad)… Y ese es justamente su punto.

El personaje de Mike Milo es un hombre que ha desperdiciado su vida siendo un tipo duro, “un macho” que se ha jugado el pellejo en incontables ocasiones y que, cuando ha tratado de recuperar el tiempo perdido, las cartas de la vida han jugado completamente en su contra. He ahí su caída en desgracia, he ahí su búsqueda de algún tipo de redención y he ahí su encuentro con este joven llamado Rafo (Eduardo Minett, en su primer papel angloparlante) quien le ayuda a salir del atolladero y encontrar las ganas de vivir.

La química entre un cascarrabias y resabiado Eastwood y el muchacho chulesco y temperamental es, de forma indiscutible, el corazón de la película. Y si a eso le sumamos la incorporación de un gallo peleón (que se roba cada plano en el que aparece), tenemos una road movie que funciona, divierte y emociona pese a adentrarse en territorio conocido. Para más inri, estén atentos a ciertas escenas, como en la que el chico y el cowboy conversan frente a una fogata o el monólogo de este último en la iglesia.

El trío protagonista: Mike, Rafo (Eduardo Minett) y el gallo Macho. Fuente: El Confidencial.

En cuanto a detalles técnico-artísticos, la dirección de fotografía de Ben Davis (Tres anuncios en las afueras y Doctor Strange, entre otras) saca especial provecho de las puestas de sol, lo que sintoniza en gran medida con “el ocaso de una leyenda”. Además, la música de Mark Mancina (Tarzán de Disney, Vaiana, Con Air) aprovecha los ecos del western para deleitarnos con unas cuantas melodías country que sonrojarían a Gustavo Santaolalla (21 gramos, Babel, el videojuego The Last of Us).

Sin embargo, pese a sus mentados aciertos, se pueden plantear ciertas pegas respecto al libreto firmado por Nick Schenk (Mula, Gran Torino, la serie Narcos). Mientras que se exploran ciertas subtramas con sumo detalle, como el tierno romance con Marta (Natalia Traven) o la devoción por los animales y la vida rural, otras semillas plantadas no terminan de germinar. Por ejemplo, el maltrato físico y psicológico que sufre Rafo se muestra momentánea y efectivamente, pero la historia nunca vuelve a mencionarlo ni se aborda con la crudeza a la que nos tiene acostumbrados Eastwood. Sin ir más lejos de su filmografía, ahí están El francotirador (2014) o Mystic River (2003) como ejemplos de hasta dónde puede llegar el director cuando quiere tratar temas turbios o difíciles de soportar.

Así mismo, algunos matices y decisiones de los personajes no terminan de entenderse y ocurren de forma súbita; sin tiempo para que el espectador los procese. El cambio de parecer que sufre la madre de Rafo (Fernanda Urrejola) es tan repentino como desconcertante. De la misma manera, ciertos personajes que se plantean como antagonistas no terminan de sentirse como una verdadera amenaza y, en consecuencia, se recuperan para un clímax que transcurre de forma apresurada y sin grandes sobresaltos.

Milo enseña a Rafo a montar a caballo. Fuente: Espinof.

Quizás se trate de la sencillez formal y narrativa con la que Eastwood decide abordar toda la película (tiene mucho más de drama que de western). Aún así, no deja de ser chocante que el artífice de algunos de los desenlaces más memorables de la historia del cine (Million Dollar Baby o Sin perdón, por citar dos) nos brinde una resolución tan mundana y carente de épica. Porque Gran Torino sería muy dramática, urbanita y cotidiana, pero su tercer acto permanece en la memoria de cualquiera que la haya visto. Ese es probablemente su mayor problema: el conflicto final llega y se va en un suspiro; le falta fuerza dramática.

En síntesis, pese a que ciertos detalles del guion no están del todo pulidos, Clint vuelve a entregar otra película madura que sabe cómo y cuándo tocar la fibra sensible y que no teme cuestionar el pasado y legado de su estrella principal. Si esta fuese su última película, sería una humilde pero bonita despedida. Pero, como ya se sabe que el hombre vive por y para el cine, los amantes de este gran director seguiremos esperando cada una de sus propuestas con sumo entusiasmo. Porque el señor Eastwood podrá tener una ideología política que algunos abominen, pero que sus películas rezuman artesanía, reflexión y (sobre todo) humanismo, es algo incuestionable.

Concluyo con una cita de la propia cinta: “Eso de ser macho está sobrevalorado”, a la que añado: “y lo de ser joven, tres cuartos de lo mismo”.

Tráiler de la película.

Valoración de la película

Puntuación: 4 de 5.

Una película muy personal, sencilla en su realización y premisa, pero no por ello menos emotiva. Reflexiona sobre varias inquietudes muy familiares para los fans de Eastwood (la vejez, la soledad, el crepúsculo del héroe, el choque generacional) pero solo por el monólogo final de Clint merece un visionado. Muy en la línea de Lucky (2017), con Harry Dean Stanton. No apta para quienes esperen a Clint repartiendo balazos y tacos. Es una cinta crepuscular, pero también una celebración de la vida, del amor a la vejez y del reencuentro con la naturaleza.

Operación Camarón: Mucho ruido, pocas gambas

Otra comedia de la mano de Mediaset que se ha promocionado a bombo y platillo y que, en la tónica habitual de la compañía, se trata de un remake del filme italiano Song’ e Napule (Manetti & Manetti, 2013). Pero, ¿es Operación Camarón (Therón, 2021) una comedia desternillante o solo un montón de humo fruto de una hiperbólica promoción?

Ya lo explicaban Mike Stoklasa y Jay Bauman (los creadores del canal de YouTube RedLetterMedia) en su análisis del remake de Cazafantasmas (Feig, 2016): la comedia es probablemente el género más difícil de analizar porque hay muchas formas de decir “es que simplemente no me hizo reír“. Esta crítica no busca realizar un análisis objetivo ni sentar cátedra, ya que cualquier reseña está parcialmente sesgada por la opinión de quien la escribe. Aclarado esto, comencemos por la sinopsis.

Sebas “El Cojonera” (Julián López) entregado a su teclado durante una boda. Fuente: espinof.com

La premisa, partiendo y relocalizando la del film italiano anteriormente citado, es la siguiente: Sebas (Julián López) es un pianista frustrado que trabaja como policía (previo enchufe familiar) para la unidad antidroga en Cádiz. Un día, la inspectora Josefa Garrido (Miren Ibarguren) y sus compañeros (Canco Rodríguez y Julián Villagrán) lo escuchan tocar el piano y se les ocurre una “brillante” idea. En consecuencia, Sebas se hará pasar por teclista para infiltrarse en la banda de flamenco-trap “Los Lolos” capitaneada por el susodicho Lolo (Carlos “Nene” Librado), con la intención de colarse en la boda de la hija de Abeledo (Antonio Dechent), el lugarteniente del misterioso narcotraficante apodado “El Fantasma”. Por el camino, se labrará una fuerte amistad con los integrantes del grupo, especialmente con Luci (Natalia de Molina), la hermana y mánager de Lolo. Así, las mentiras y los malentendidos irán tejiendo una red en torno a la vida de Sebas, hasta el punto de que su lealtad por ambos bandos será puesta a prueba.

Mi principal problema con la película es, insisto, totalmente subjetivo: no disfruto con el humor basado en estereotipos y localismos y la película se construye en torno a eso.

Lolo (Carlos “Nene” Librado) discute con su hermana Luci (Natalia de Molina). Fuente: telecinco.es

Una muestra clara de los tópicos en Operación Camarón (rodada entre Cádiz y Sevilla) es la presentación del personaje de Lolo en un bar. En dicha escena, aparece un niño que empieza a tocar la guitarra “con mucho arte”. El punto del guion es mostrar que el talento es, en parte, innato. Para cuando el chiquillo acaba con su pequeño concierto, Lolo, mientras mira a Sebas, le pregunta al pequeño: “¿Tú has ido a solfeo?” a lo que el muchacho responde: “Tú si que eres feo, cabrón”. Acto seguido, el cantante invita al menor a tomar lo que quiera y este pide a gritos un gin tonic.

Otra píldora de la dinámica cómica de la cinta se evidencia en la presentación del personaje de “Fotosho” (Xisco González), un chico de Granada que forma parte de los Lolos. ¿Cuál es el mayor estereotipo que se suele decir sobre la gente de allí? Efectivamente, la “mala follá“. Pues ahí está la premisa con la que se juega todo el rato en torno a su personaje…

Los dos “destripes” anteriormente mentados no son spoilers por gusto, sino que evidencian las claves narrativas que construyen el humor de la película. Al conocerlas, cualquiera que lea esta crítica puede esbozar si el filme casa con su sentido del humor y decantarse por verla o no. Cierto es que el trailer y spots con los que se ha bombardeado al espectador español medio ya apuntan a este tipo de gracietas, pero toda advertencia es poca.

“Los Lolos” al completo. De izquierda a derecha: Sebas, Ortiguilla (Juanlu González), Luci, Lolo y “Fotosho”. Fuente: KISS FM.

Pero incluso teniendo un buen guion, cualquier comedia puede desmoronarse si no cuenta con los actores adecuados. En el caso de Operación Camarón, hay una de cal y otra de arena, ya que cuenta con actores de gran talento como Paco Tous, Antonio Dechent, Alberto López o Adelfa Calvo. Dechent, que interpreta a uno de los dos antagonistas principales, llena la pantalla con su presencia y se convierte en un personaje verdaderamente amenazante. Para muestra de ello, bastaría con fijarse en una escena cercana al tercer acto, en la que, mientras sostiene a un gallo de peleas, advierte a los Lolos con un pequeño monólogo.

Sin embargo, otros intérpretes como Tous son desechados de una manera tan absurda (en su caso, dos chistes de chirigotas y un par de gritos) que uno no puede evitar sentirse frustrado ante semejante desperdicio.

Así mismo, la película no solo juega con clichés narrativos, sino que convierte a algunos de sus actores en tópicos con patas. ¿Cuántas veces vamos a ver a Julián López encarnar a un protagonista inocentón, friki, torpe y algo neurótico? ¿Miren Ibarguren solo sabe interpretar a mujeres gritonas con mucho carácter? La cinta cuenta indudablemente con un buen reparto, pero al querer jugar “a lo seguro” vuelve a colocar a muchas de sus piezas en el mismo tablero cuadriculado y aburrido de siempre. Solo hay una sorpresa grata y destacable: Carlos Librado como el susodicho Lolo. Conocido por la serie Gigantes o El guardián invisible, en esta película interpreta al personaje de forma creíble, rozando la fina línea del cliché de “artista chulo y egocéntrico” y logrando generar una legítima simpatía de cara al espectador a través de su arco de personaje. Pero lo más sorprendente del papel: de todo el reparto de “no andaluces” es el único que logra un acento andaluz que no suena impostado.

La inspectora Garrido (Miren Ibarguren) y sus ayudantes (Canco Rodríguez y Julián Villagrán) intimidan a Sebas. Fuente: Gatrópolis.

En cuanto al director, Carlos Therón, me parece uno de los más hábiles del género actualmente. Sus comedias no pecan de una realización televisiva (en términos de “plano-contraplano” con escasa profundidad de campo y predominancia del plano medio) ni de falta de personalidad. Sin ir más lejos, una secuela pasable como Fuga de Cerebros 2 (Therón, 2011) contaba con un plano secuencia (a lo Scorsese) dentro de una fraternidad universitaria que dejaría boquiabierto a cualquier espectador observador. Lo dejo cuando quiera (Therón, 2018) tenía un ritmo trepidante, fruto de un cuidado montaje, y un humor que a menudo traspasaba la barrera de lo políticamente correcto; el gag de los testículos de los mafiosos rusos o el del poni chocaban diametralmente con las convenciones de la comedia española promedia.

En esta película vuelve a mostrar verdadera pasión y creatividad desde la silla del director, apostando por ciertas referencias visuales tan disparatadas y extravagantes como un “duelo western” (con primerísimos primeros planos de los ojos, al puro estilo Sergio Leone) en mitad del clímax o persecuciones de coches con ritmo, tensión y acción bien rodada, huyendo de clichés actuales del cine de acción como la shaky cam (cámara agitada) o los cortes rápidos en montaje.

Es una lástima que el guion esté construido sobre tantos lugares comunes, porque la dirección de Therón ya suponía un 50% del trabajo hecho. Incluso siendo una película de una empresa como Mediaset, hay lugar para la autoría, puesto que volvemos a ver un plano general de los protagonistas caminando a cámara lenta (como en sus anteriores cintas Es por tu bien y Lo dejo cuando quiera), al más puro estilo Reservoir Dogs (Tarantino, 1992).

“Los Lolos” dan un concierto frente al Puente de Triana. Fuente: Cadena SER.

El problema objetivo de Operación Camarón radica en su tono, que pasa de ser una comedia de enredos con elementos románticos y excusa de trama criminal a un thriller con ciertos golpes de humor. Concretamente, hay un punto de inflexión en la trama: la secuencia del hotel. Es en ese instante cuando culmina cierta subtrama que involucra al miembro más joven de Lolos y cuando estalla la verdadera motivación del protagonista para querer detener a El Fantasma. Es decir, estamos hablando de una escena crucial, el puente del segundo al tercer acto.

Siendo justos, es bastante común que una comedia se adscriba a un tono eminentemente dramático para que su clímax se sienta como un verdadero obstáculo que pone en peligro el final feliz. Ahí están, por ejemplo, Funny People (Apatow, 2009) o la persecución desesperada de Jim Carrey al final de Mentiroso compulsivo (Shadyac,1997).

Sin embargo, la explosión de violencia que adopta, aunque ni por asomo llega a las cotas de películas como las de Enrique Urbizu o Rodrigo Sorogoyen, no deja de sentirse como un choque brutal y notable con respecto al tono anteriormente planteado. Hace dos escenas contemplábamos una cómica escena sobre “la cobra” que sufre el personaje de Natalia de Molina y en ese momento vemos a un menor de edad siendo apaleado con una palanca. Claramente, las piezas del puzle no terminan de encajar…

Luci y Sebas, ¿una pareja imposible? Fuente: filmAnd.

En definitiva, ¿es Operación Camarón “la comedia del verano”? Depende de a quien le preguntes. Si eres fan del flamenco-fusión o te generan simpatía los arquetipos y lugares comunes sobre Andalucía y la cultura cani, esta cinta te funcionará a las mil maravillas. Si buscas una comedia sutil, subversiva con tus expectativas, con diálogos-metralleta a lo Billy Wilder o un humor con muy mala baba, como muchos de los chistes de los Monty Python o de las pelis de Berlanga, esta película no es para ti.

En cualquier caso, gracias a este tipo de propuestas, la gente está regresando a los cines. Y eso, sin importar la película que sea, se agradece dados los duros tiempos por los que está pasando la industria.

Videoclip de una de las canciones de la película, con escenas de la misma.

Valoración de la película

Puntuación: 3 de 5.

Una película que no engaña a nadie. No inventa la rueda en cuanto a comedias: la mayoría de sus actores interpretan papeles en los que ya están “encasillados” y su guion se construye en torno a estereotipos sobre los canis y los andaluces. Pero, aún con todo, la inventiva dirección de Therón y algunas interpretaciones como las de Antonio Dechent y Carlos Librado la hacen más llevadera. Si te gustan las claves propias de las comedias producidas por Mediaset, la disfrutarás enormemente. Si no, difícilmente te resultará “la comedia del verano”.

5 veces en las que el doblaje de “famosos” funcionó

A raíz del reciente estreno de Space Jam: Nuevas Leyendas y la polémica del doblaje de Lola Índigo/Lola Bunny, así como el reflote en Twitter de ejemplos tan (des)afortunados como el Nobita de Mario Vaquerizo, Fernando Tejero como el protagonista de El Espantatiburones o el Grimmel de Melendi, desde Voz Nueva hemos considerado oportuno repasar algunos casos en los que el doblaje realizado por celebrities tuvo una calidad reconocible y digna de aplaudir.

Los actores Michelle Jenner y Tito Valverde formaron parte del doblaje del videojuego Heavy Rain. Fuente: 20Minutos

Antes de empezar, conviene aclarar que quien escribe no está precisamente a favor del “famoseo” en el doblaje. Es algo incoherente la inclusión de deportistas, cantantes, modelos, cocineros, estrellas televisivas y, en general, de cualquiera que no ha pasado nunca por el atril antes de firmar su cheque. El doblaje es una labor artística que no está lo suficientemente valorada en España, pese a la enorme calidad de sus profesionales.

Por un lado, se entiende que tiene que resultar especialmente hiriente que el famoso de turno llegue a eclipsar el show, a “robar” la oportunidad a otros que llevan años formándose y, por supuesto, a recibir una remuneración que no se rige por convenio sino por el caché de la estrella en cuestión. Sin embargo, al César lo que es del César: ciertos intérpretes y humoristas (los únicos con cierta formación dramática previa) han sabido dar la talla a la hora actuar con su voz como único instrumento. Por ello, considero que el reconocimiento es merecido, sin olvidar en ningún momento que los profesionales en la materia deberían ser la primera opción.

Remarcado esto, y antes de comenzar con el conteo, decir también que se han descartado todos aquellos actores y actrices que comenzaron en doblaje y que, posteriormente, alcanzaron la fama a través de algún trabajo televisivo, teatral o cinematográfico. Así, no contabilizarán grandísimos actores y actrices como Michelle Jenner, Ana Wagener, José Luis Gil, Luis Varela, Eduard Farelo, Constantino Romero, Fernando Guillén, Pedro Casablanc o Joan Pera (por mencionar solo a unos cuantos).

Josema Yuste-El Genio en Aladdín

Josema Yuste junto al Genio de Aladdín. Fuente: as.com

Sin duda, conviene empezar por quien puso de moda el star-talent dentro del mundo del doblaje. El fichaje de Robin Williams para una de las cintas más emblemáticas de Disney fue, en su momento, más que comentado y notorio. De hecho, se usó como reclamo publicitario por parte de la “Casa del Ratón”, lo que enfureció enormemente al cómico (al respecto de esta cuestión, Lindsay Ellis tiene un vídeo muy interesante…).

El Genio fue animado a raíz de las múltiples improvisaciones e imitaciones por las que Williams era tan conocido; con lo cual, para su versión española, Yuste tuvo que enfrentarse a una tarea harto complicada: estar a la altura de un personaje creado por y para otra persona. Con todo, logró hacer “suyo” al personaje y, a pesar de casi 30 años desde aquello, una considerable parte del público recuerda todavía con cariño su particular interpretación.

El integrante de Martes y Trece nos brindó un genio de la lámpara histriónico, bobalicón, lleno de energía; capaz de cantar (dos momentos que tiene para lucirse en la cinta), imitar a Groucho Marx, a una azafata de vuelo (con cierto deje argentino) y, acto seguido, balar como una oveja. El Genio implicaba registros muy variopintos y alocados pero, por encima de todo, mucho corazón. Precisamente, la escena final en la que Aladdín lo libera y se despiden todavía puede sacar alguna que otra lagrimilla al espectador y, en gran medida, se debe al matiz tierno que Yuste le aporta con su voz (“Tú siempre serás un príncipe para mí “).

Posteriormente y, a diferencia de Robin Williams (quien regresó tras el desengaño con Disney en la tercera película), Yuste retornaría para la primera secuela “directa a vídeo” de Disney: El retorno de Jafar (Stones, 1994). Sin embargo, luego no doblaría al Genio ni en la serie animada ni en la última película, siendo sustituido por el versátil y “genial” (chascarrillo fácil) Pep Antón Muñoz.

En cualquier caso, Yuste fue de los primeros “famosos” en doblar y realizar un trabajo destacable. Se ganó el cariño y respeto de muchos espectadores, a pesar de tener que hacer frente a un titán de la comedia como el añorado intérprete de Hook (Spielberg, 1991). Además, ha doblado a otros personajes animados como al simpático robot B.E.N. (Martin Short) en El Planeta del Tesoro (Clements & Musker, 2002) o a la inmensa mayoría de secundarios en la gamberra y ácida Team America: La policía del mundo (Parker, 2004).

Anabel Alonso-Dory en Buscando a Nemo

Anabel Alonso durante el doblaje de Buscando a Dory. Fuente: Fotogramas

Esta pez cirujano azul despistada, parlanchina y olvidadiza contaba con la voz de la presentadora Ellen DeGeneres en versión original. Aquí, la elegida para encarnar al encantador personaje fue Anabel Alonso, quien por aquel entonces interpretaba a Diana Freire en la popular sitcom 7 vidas (1999-2006).

¿Qué decir de su labor en esta película? La mímesis con el original es, prácticamente, imperceptible. Y, precisamente, muchos actores de doblaje a menudo apuntan a que su trabajo se puede calificar como “bueno” cuando no se percibe el “engaño”; o sea, la sustitución de la voz original. Efectivamente, Anabel Alonso sonaba tan natural como Dory que casi parecía que lo hubiesen escrito para ella. Desde su forma de hablar acelerada hasta sus constantes desvaríos, pasando por sus apartes o paréntesis en mitad de una frase para aclarar su revuelta mente… ¿Y cómo olvidar los cantos del personaje cuando habla “balleno“? Fue un doblaje, sencillamente, icónico y que, a ojos (más bien, oídos) de este humilde espectador, superaba con creces a la versión original.

No debía ser el único que lo pensaba pues, cuando se anunció la secuela de Buscando a Nemo (Buscando a Dory) y se especuló que la intérprete no regresaría para doblar al pescadito, se armó tal revuelo en redes que Disney tuvo que salir a calmar a las masas. Esto demuestra que, pese a lo olvidadizo del personaje, supo labrarse un hueco en la memoria colectiva (y en el corazoncito) del público. Y es que hay demasiadas frases de Dory que, enunciadas en la boca de Anabel Alonso, hacen sonreír a niños y adultos por igual: “Sigue nadando, sigue nadando, nadando…” o “Voy a P.Sherman, Calle 42, Wallaby, Sidney“, por citar un par.

Por otra parte, aunque Dory fue el rol con el que la actriz ganó una muesca en su revólver, otra simpática incursión de su carrera en el mundillo del doblaje llegó en forma de una ardilla hiperactiva, Balita, personaje de La increíble ¡pero cierta! historia de Caperucita Roja (Edwards, 2005). No obstante, en este papel costaba reconocerla, puesto que alteraron el pitch de su voz y se lo aceleraron, a excepción de un momento del film que me resisto a destripar…

José Mota-Mushu en Mulán

José Mota doblando en la película animada Ozzy. Fuente: Atresmedia Cine

Un claro ejemplo de que la similitud con la voz original no es lo que se debe priorizar en doblaje, sino la habilidad para “pegarse” a los labios y aura del personaje en cuestión. Ciertamente, la voz de José Mota no podía diferir más de la de Eddie Murphy, pero el comediante fue capaz de captar “el núcleo” de Mushu, es decir, la esencia del personaje. El dragoncito es un charlatán astuto, con mucho carácter (debido a las constantes vejaciones por su tamaño) y algo cínico; un espíritu animal que busca recuperar su estatus entre los ancestros de la protagonista y que, a pesar de sus meteduras de pata, improvisa y los corrige sobre la marcha (a la escena en la que decapita al Gran Dragón de piedra me remito).

A pesar de que Mushu fue creado a partir de la personalidad de Eddie Murphy, el integrante de Cruz y Raya consiguió llevárselo a su terreno sin necesidad de apropiarse del personaje y actuar como le viniera en gana. Aún teniendo timbres tan distintos es fácil apreciar, tras diferentes visionados y comparativas, que Mota sabe encontrarle el punto exacto a Murphy como para entonar y replicar sus emociones sin copiar su timbre. Tan resultona tuvo que ser la simbiosis como para que el experimento se repitiese en Shrek (Adamson & Jenson, 2001), en un rol igual de cómico pero algo más cargante (adrede) como era el memorable y (también) bocazas Asno.

Sin embargo, lo que verdaderamente es digno de aplaudir de Mota, además de su talento delante del micrófono, es su enorme respeto hacia la industria del doblaje. En multitud de entrevistas, el cómico ha profesado su amor por esta profesión, aplaudiendo la labor (a menudo, ninguneada) de los actores y actrices de doblaje profesionales. Por ejemplo, durante la promoción de Shrek: Felices para siempre (2011).

Otros trabajos destacados del manchego frente al micrófono son el neurótico y entrañable Mike Wazowski de Monstruos S.A. (Docter, 2001), el estafador y codicioso Freddy de Las aventuras de Tadeo Jones (Gato, 2012) o el inquieto pájaro Chuck de Angry Birds: la película (Kaytis & Reilly, 2016). Mota incluso realizó una incursión en imagen real, puesto que dobló a Abe “Azul” Sapien (Doug Jones), el hombre anfibio de Hellboy: El ejército dorado (Del Toro, 2008) con un más que digno resultado.

Como curiosidad final a apuntar, pese a no regresar para la olvidable secuela de Mulán 2 (donde fue sustituido por David Robles; voz habitual de Jamie Dornan o Leonardo DiCaprio), Mota sí que retomó el papel de Mushu en una serie animada que muchos recordarán con cariño: House of Mouse (Disney Channel, 2001-2004).

Alexandra Jiménez-Scarlet Overkill en Los Minions

Alexandra Jiménez durante la promoción de Los Minions. Fuente: elmundo.es

Decir que esta actriz y comediante zaragozana es una de las grandes humoristas de nuestro país es quedarse corto. No solo ha demostrado tener una enorme variedad de registros, actuando en dramas como Las distancias (Trapé, 2018), thrillers como la miniserie El inocente (Netflix, 2021) y comedias como Embarazados (Macías, 2016) o Superlópez (Ruiz Caldera, 2018), también tiene un carisma natural más que evidenciable en sus múltiples monólogos.

En Los Minions (Balda & Coffin, 2015) interpretó a Scarlet Overkill, una supervillana sesentera digna de la galería de villanos de los tebeos clásicos de Marvel o del Bond de Sean Connery. Con su risa maníaca, personalidad volátil y sadismo enmascarado bajo dulzura maternal, la cómica reconoció que interpretarla fue tanto un reto como un regalo. En una entrevista para la revista Acción Cine, Jiménez describió su experiencia doblando como algo “diferente” y “divertido”, comentando que le encantaba la dualidad del personaje.

Desde luego, aunque la monologuista está prácticamente irreconocible en el rol, durante el visionado se percibe que quien estuvo detrás del micrófono se lo pasó en grande. Susurra, grita, ríe, encandila, amenaza, traiciona, enfurece… En resumen, todos los estados en los que nos gusta ver a una buena villana.

Sin duda, tanto el personaje (Sandra Bullock en VO) como la particular interpretación de Jiménez son lo mejor de este pasable spin-off de Gru: mi villano favorito (Renaud & Coffin, 2010). Para el recuerdo queda aquella escena en la que narra a los tres torpes Minions su “particular” versión del cuento de Los tres cerditos

Emma Penella-Edna Moda en Los Increíbles

Emma Penella recogiendo el Goya de Honor (póstumo) de su marido, Emiliano Piedra. Fuente: IMDB

Emma Penella fue, es y será una leyenda de la interpretación para nuestro país. Compaginó el teatro (empezando como meritoria en el Teatro María Guerrero) con el cine, apareciendo en películas tan sonadas como Cómicos (Bardem, 1954), El Verdugo (García Berlanga, 1960) o La estanquera de Vallecas (de la Iglesia, 1987).

Sin embargo, quienes se criaron durante la década del 2000 la recordarán con cariño por su inmensa Doña Concha en Aquí no hay quien viva (Antena 3, 2003-2006). Aquella vecina cotilla, malhumorada y sin pelos en la lengua (cómo olvidar su “Váyase, señor Cuesta. ¡Váyase! “) la convirtió en un icono para toda una generación desconocedora de su impresionante bagaje interpretativo. De hecho, parte del histrionismo (sobre todo, los gritos) y mala leche de su Concha permean hasta este peculiar personaje de Pixar. Podemos recordar, por ejemplo, la escena en la que golpea cómicamente a una llorona Elastigirl (Beatriz Berciano) y le grita para que esta recupere el espíritu aventurero y decidido de su juventud (“Adoro tus visitas…”).

Con su reconocible voz rasgada y grave consiguió dotar a la diseñadora de la fuerza y personalidad propias de una diva, conservando el acento italiano de la versión original pero con un timbre distinto, claramente femenino, al fingido por Brad Bird (director de la película de Los Increíbles y quien pone voz a Edna en VO). Pese a saber en todo momento que Edna era Penella, en ningún momento “sacaba” de la película porque su voz era acorde a la personalidad de la modista (como Mota, supo captar “el núcleo” de Edna).

Tristemente, Penella nos dejó en 2007, imposibilitando su regreso para la secuela de 2018. No obstante, su legado como actriz es tan inmenso (incluido su breve paso por el mundo del doblaje) que jamás será olvidada.

Mr. Increíble: “Eres la mejor de las mejores, Edna.”

Edna Moda: “Sí, lo sé, ‘mio caro’. Lo sé…”

Como reflexión final, este artículo no pretende ser una defensa a ultranza de la inclusión de “famosetes” dentro del sector del doblaje, sino un reconocimiento a aquellos casos contados que, no solo han alabado el trabajo de sus “hermanos de gremio”, sino que han demostrado sobradamente su esfuerzo e ilusión frente al atril.

Quizá hablar de “intrusismo” en un mundo tan subjetivo y artístico como la interpretación pueda resultar arriesgado, sobre todo teniendo en cuenta que actores más que consagrados como Christian Bale o Ben Kingsley jamás pisaron una escuela de interpretación y labraron su carrera a base de practicar (y de cierto “don” natural).

No obstante, negar que en España (al igual que en Estados Unidos) estas “elecciones artísticas” se destilan frecuentemente y que suelen ir en detrimento del público, de los profesionales, de las nuevas promesas del sector y, por supuesto, del producto original, sería mentir descaradamente. Desde luego, la última decisión no deja de estar en manos de las distribuidoras, por lo que expresar nuestro descontento y nuestro respeto hacia los actores de doblaje y el trabajo “bien hecho” nunca está de más. Es vital recalcar la palabra “respeto” porque tampoco es de recibo la cantidad de improperios y amenazas que ha recibido, por ejemplo, Lola Índigo desde redes sociales durante estas últimas semanas…

Desde luego, este último ejemplo de Space Jam 2 pone sobre la mesa una cuestión para los ejecutivos y productoras: si vais a llamar a un famoso como reclamo publicitario, por lo menos que sea alguien que haya tenido contacto previo con el mundo de la interpretación (los actores de doblaje son, valga la redundancia, actores).

En conclusión, el doblaje es y debería estar considerado como lo que es: una rama más dentro de las artes interpretativas. Por tanto, merece tanto respeto y dedicación como una actuación frente a un auditorio o la gran pantalla. Cierro con un simpático vídeo en el que el actor Gary Oldman explica su opinión respecto al intrusismo en el mundo de la actuación:

La boda de mi mejor amigo (1997): la “crème brûlée” de las comedias románticas

Cuando se habla de comedias románticas (en especial, cuando se habla de Julia Roberts), La boda de mi mejor amigo (Hogan, 1997) suele ser una de las grandes olvidadas. No obstante, los años le han sentado tal y como al buen vino. Volver a verla hoy, teniendo en cuenta debates tan actuales como los clichés del género, el amor tóxico y la representación del colectivo LGTBIQ+, hace que uno se pregunte: ¿Fue esta película una adelantada a su tiempo?
Tráiler de la película en VOSE.

En 1994, el director australiano P.J. Hogan estrenó La boda de Muriel, protagonizada por la siempre resolutiva Toni Colette (Hereditary, Puñales por la espalda). No era una comedia romántica al uso: tenía un humor sorprendentemente ácido y una protagonista cuyo carácter lindaba entre lo entrañable y el delirio más frenético. Tres años después, el cineasta nos brindó La boda de mi mejor amigo. Este filme, en parte, es heredero de su anterior trabajo; no solo por la temática (bodas), sino también por el planteamiento de ciertos personajes y por un tono que, aunque algo más edulcorado, no deja de ser menos mordaz.

La película nos cuenta la historia de Julianne “Jules” Potter (Julia Roberts), una cínica crítica gastronómica que ha recibido demasiadas puñaladas del amor. A pesar de ello, su desencanto nunca ha sido total, pues su mejor amigo de la facultad, Michael O’ Neal (Dermot Mulroney), le hizo una loca proposición durante su juventud: si a los 28 años los dos siguiesen solteros, se casarían sin pensarlo dos veces.

Una noche, Jules recibe una súbita llamada de Michael. No obstante, sus sueños se ven rápidamente truncados en cuanto su amigo le comenta que va a casarse con una joven y rica universitaria (Cameron Díaz) y que necesita que acuda a su boda para apoyarlo. Despechada, Julianne viaja a Chicago con una idea muy clara: destruir la pareja antes de que se celebre la boda. Para tal maquiavélica artimaña, contará con la ayuda de su escéptico editor y amigo George Downes (Rupert Everett).

Jules (Julia Roberts) se reencuentra con su mejor amigo Michael (Dermot Mulroney). Fotograma de la película.

En primer lugar, conviene comentar que ver a Julia Roberts en un papel como este resulta, cuanto menos, chocante. Que la apodada como “la novia de América” se preste a interpretar un papel tan antitético a sus roles habituales (la chica dulce y risueña) de películas como Pretty Woman (Marshall, 1990), Hook (Spielberg, 1991) o Novia a la fuga (Marshall, 1999), convierte a este largometraje en una bocanada de aire fresco para su carrera y le brinda la posibilidad de reírse de ella misma.

Julianne es un personaje que, en primera instancia, nos cae bien. Es una mujer herida por el desamor, tiene un amigo de la juventud del que sigue enamorada y… ¡es Julia Roberts! ¿Cómo nos va a caer mal? ¿Le apetece arruinar una boda? La apoyamos. ¿Quiere conquistar a su amigo Michael? Claro que sí, le hizo una promesa y merecen estar juntos. ¿No soporta al personaje de Cameron Díaz nada más verla? Nosotros también la odiamos.

De forma muy inteligente, al situarnos bajo el punto de vista de Jules, la película nos hace creer que ella tiene total potestad para hacer lo que sea, con tal de conseguir su ansiado final feliz. Pero, conforme avanza el metraje, las acciones de Jules se vuelven cada vez más cuestionables: miente, manipula, malmete, orquesta situaciones realmente incómodas… Y, pese a todo ello, Julia Roberts consigue aportarle suficientes matices interpretativos como para que el personaje no resulte una completa villana. Es evidente que Jules no es más que una víctima del cuento de la “media naranja”. Creer que una persona está destinada a ser tu alma gemela y que, si alguien se interpone en vuestro camino, merece ser eliminado, es una evidente consecuencia del amor tóxico, de la obsesión más enfermiza y paranoide.

Pese a todo lo anteriormente mencionado, la actitud de oveja descarriada del personaje, su humor mezquino, las estrambóticas situaciones en las que se enreda y, por supuesto, su cambio de parecer en el tercer acto, convierten a Jules en uno de los personajes más tridimensionales y humanos interpretados por esta actriz ganadora del Oscar por Erin Brokovich (Soderbergh, 2000).

Jules enreda a Kim (Cameron Díaz) para que cante en un karaoke. Fotograma de la película.

El resto de personajes de la cinta no queda muy atrás en cuanto a “mimos” del guion: desde dos damas de honor verdaderamente insoportables, pasando por unos suegros que no saben de la misa la mitad, hasta un botones empático interpretado por el entonces desconocido Paul Giamatti.

Cameron Díaz como Kimberly “Kimmy” Wallace es otro personaje que, al igual que el de Roberts, subvierte las convenciones del género. Normalmente, en un triángulo amoroso, la tercera en discordia suele ser un personaje repelente, antipático o, directamente, perverso. Aunque en primera instancia, Kim puede parecer una universitaria pánfila, pija e insoportable, rápidamente nos damos cuenta de que los prejuicios de Jules contra ella no son más que un intento para justificar sus terribles acciones. Kim es dulce, encantadora (la escena del karaoke ejemplifica perfectamente ese carisma instantáneo que desprende Díaz) y ama genuinamente a Michael. Y por ello, por ese aura de perfección que contrasta perfectamente con la personalidad más despreocupada de Jules, ésta la odia profundamente.

Sin embargo, el personaje que roba cada plano, cada instante que está pantalla, es el insuperable George Downes. Rupert Everett consiguió dos nominaciones a Mejor Actor de Reparto (una de los BAFTA, y otra, de los Globos de Oro) por su rol en este film. En un principio iba a tener un papel mucho menor y se barajaban nombres como Benicio del Toro. Afortunadamente, el elegido terminó siendo el intérprete británico.

George (Rupert Everett), el otro mejor amigo, fingiendo ser el novio de Jules. Fotograma de la película.

George es, con creces, el personaje más “equilibrado” de la película. Es culto, elegante, muy muy británico y el Pepito Grillo particular de Julianne. Ciertamente, ya en los 90, comedias hollywoodienses como la desternillante Una jaula de grillos (Nichols, 1996) o In & Out (Oz, 1997) estaban comenzando a visibilizar a personajes homosexuales. Pero, en muchos casos, eran personajes que cumplían roles histriónicos o de alivio cómico. Sin embargo, ¿cuántos personajes gays de aquel momento ostentaban el rol de brújula moral de una protagonista?

Si bien es cierto que George tiene momentos de celebración de su pluma (cuando finge ser heterosexual, da pie a algunas reacciones tronchantes) y más de un comentario chistoso y ocurrente, no es un personaje que rezume carisma por ser simplemente “el amigo gay gracioso”. Es querido por el público porque se enfatiza en sus interacciones con Jules, en su relación de amor puramente platónico, en su apoyo moral y consejos… Tiene algunas de las frases más memorables y sensatas del filme:

“¿De verdad le quieres? ¿O es sólo que no soportas perderlo?”

“¡¿Y a ti quién  te persigue?! ¡¡No eres la elegida!! Tienes una oportunidad de hacer lo correcto”

Jules y George, en un momento de fingida química romántica. Fotograma de la película.

Por todo ello, la audiencia de entonces y ahora cae rendida a los pie del inglés. Y no es algo que comente a la ligera pues, originalmente, el fantástico final por el que la película es conocida no sucedía como tal. A los espectadores de las test screenings (proyecciones de prueba) no les convenció y demandaron un final que incluyese a George. Así, obtuvimos un ingenioso desenlace que no me atreveré a destripar, pero del que gran parte de su fuerza emocional reside en la química entre Roberts y Everett.

Conviene aclarar que, si esta película ha sido elegida para el especial de junio, es porque recordaba a George como un personaje entrañable y escrito con sumo mimo. Volver a visionar la película y toparse con un personaje gay cuya personalidad no es “ser gay” (error muy común en la ficción de la época, hasta el punto de que Los Simpson lo parodiaron en un episodio), sino un papel con variedad de registros (dramático, furioso, jovial, sarcástico, incómodo…) y matices resulta en una de las principales razones para explicar el buen envejecimiento del film.

Un momento de tierna amistad entre George y Jules. Fotograma de la película.

Por otra parte, en términos de dirección, la película destaca por encima del promedio de comedias románticas. Mientras que muchas de éstas resultan, a menudo, “televisivas” y previsibles (gran cantidad de planos medios y generales, composición poco inspirada, etc), Hogan consigue dotar a la película de suficiente identidad visual como para que resulte resaltable.

Ejemplo de ello es la tensa escena en el ascensor entre Cameron Díaz y Julia Roberts. Para transmitir la sensación de agobio y claustrofobia por la que pasa el personaje de Jules, Hogan coloca la cámara en un punto de vista específico: en primera persona. Vemos a través de los ojos de la protagonista, observando un minúsculo espacio por el que ella da vueltas y vueltas, mientras el personaje de Díaz escupe una insufrible verborrea.

Otro ejemplo de un exquisito gusto para la composición es un plano concreto durante la escena del karaoke: Hogan compone usando la regla de los tercios y ubica a los actores en distintos términos del plano. Así, los dos amigos se encuentran en primer término y en dos puntos fuertes, mientras que la prometida desubicada se encuentra en segundo término y en el centro de la imagen. En consecuencia, el director nos está remarcando visualmente la conexión emocional entre Michael y Julianne y el distanciamiento parcial de Kim.

Kim, completamente desubicada ante la química de su prometido con Jules. Fotograma de la película.

Así mismo, la película cuenta con algunas secuencias muy memorables (como la persecución que marca la transición del segundo al tercer acto) y escenas concretas que no solo han calado en la cultura pop, sino que también se perciben como deudoras de grandes clásicos del género. Por concretar aún más, recomiendo especial atención a la escena en la que Jules y Michael conversan, mientras permanecen a bordo de un ferry que atraviesa el río Chicago. En ese instante, tanto las interpretaciones, como los planos seleccionados por el montaje y la banda sonora de James Newton Howard se convierten en ecos del cine romántico de los años 40. La película querrá desafiar los tropos del género, pero tiene claro qué y qué no homenajear.

Pero, si hablamos de instantes para el recuerdo, la escena que mejor ejemplifica esto es el archiconocido almuerzo en el restaurante. Para quienes aún no habéis tenido la oportunidad de ver la película, me ahorro el destripe. Solo conviene mencionar que implica al personaje de George, a toda la familia de Kim Wallace y a una canción de Aretha Franklin. Es un momento muy divertido, que transmite un entusiasmo contagioso y que roza los límites de la parodia con respecto a momentos musicales en este tipo de pelis.

La escena más famosa del film, al ritmo de I Say A Little Prayer de Aretha Franklin. Fotograma de la película.

Y, por supuesto, la creatividad de P.J. Hogan y las fantásticas interpretaciones quedarían completamente desarticuladas ante un mal guion. Por suerte, Ronald Bass, coguionista de Rain Man (Levinson, 1988) y Quédate a mi lado (Columbus, 1998), firma un libreto plagado de diálogos avispados, situaciones disparatadas y un final absolutamente brillante.

Los actores enuncian sus líneas con una velocidad pasmosa; algo que sonrojará a más de un amante de la screwball comedy (comedias centradas en la guerra de sexos, con diálogos rápidos y situaciones extravagantes entre sus protagonistas. Ejemplos: La fiera de mi niña o Sucedió una noche). Ciertas dinámicas entre personajes se tornan particularmente emotivas (varias de las confesiones entre Jules y George o la breve conversación con el botones), mientras que otras resultan tan desternillantes como absurdas. Por ejemplo, un diálogo entre Díaz y Roberts que implica, como analogía, una gelatina y una crème brûlée. Me niego a desvelar en qué contexto y cómo se dice, porque merece la pena oírlo…

En resumen, por cómo deconstruye las claves narrativas del cine romántico (el triángulo amoroso, la ruptura y la persecución en el tercer acto, la mentira como elemento beneficioso, momentos musicales forzados, etc), por cómo nos hace reflexionar sobre nuestra actitud hacia quien amamos y por cómo plantea a un personaje homosexual sin caer en estereotipos ofensivos ni resultar condescendiente, La boda de mi mejor amigo (Hogan, 1997) debería ser recordada con bastante más frecuencia.

Teniendo en cuenta la enorme cantidad de romcoms actuales que se autoproclaman como “antirrománticas“, como 500 días juntos (Webb, 2009), Mejor solteras (Ditter, 2016), Don Jon (Gordon-Levitt, 2013) o El lado bueno de las cosas (Russell, 2012), convendría no perder de vista a esta “antecesora”. Es como paladear una buena crème brûlée; o quizás, una jugosa gelatina… En cualquier caso, un plato dulce, que no empalagoso.

Valoración de la película

Puntuación: 4.5 de 5.

Una joya infravalorada. Cuenta con unos diálogos vibrantes e irónicos, unas interpretaciones carismáticas y unos temas que, en muchos aspectos, se adelantaron a su época. El final es, probablemente, uno de los mejores que ha tenido el género en las últimas décadas. Recomendable para los amantes de las romcoms y para los que las ven con una mirada más cínica; ambas partes quedarán más que satisfechas.

Cruella (2021): El diablo viste de dálmata

Siguiendo la moda de adaptar los clásicos animados de Disney a acción real, así como la estela de películas protagonizadas por villanos “humanizados” (Joker, Venom, Aves de Presa), nos llega esta precuela sobre la perversa diva de la moda; protagonizada (y producida) por Emma Stone y dirigida por Craig Gillespie (Yo, Tonya). Pero, ¿está a la altura de las expectativas? ¿Es el mejor live-action de Disney? ¿O es sólo otro refrito carente de personalidad?
Breve tráiler en español de Cruella.

La historia nos sitúa en Londres de principios de los 70, en plena eclosión de la contracultura punk. Stella (Emma Stone), una joven huérfana que se ha criado entre golfos y rateros, trabaja como limpiadora en unos grandes almacenes regentados por la clase pudiente. Un día, con un performativo acto de rebeldía y creatividad, la muchacha consigue llamar la atención de la Baronesa Von Hellman (Emma Thompson), quien vive por y para la industria de la moda. Así, ante el potencial de Stella, la aristócrata la contrata como modista para su pujante empresa. Pero, poco a poco, Stella comenzará a conectar el pasado de ambas, despertando así a su personalidad más pérfida, vengativa y alocada: Cruella.

En primer lugar, contar el origen de un personaje más que asentado en el imaginario popular (y más de un villano) nunca es sencillo, ya se explicaba en un especial de Todopoderosos dedicado a los villanos. No obstante, tal y como lo ve este humilde espectador, hay dos posibles formas de abordar el origen de un malvado: convertirlo en un alma cándida e incomprendida o mostrarnos una nueva perspectiva/faceta del personaje. Una que nos permita entender, que no compartir, su devenir maligno.

Me alegra confirmar que, aunque muestre ciertos destellos de lo primero, tal y como pasaba en Maléfica (Stromberg, 2014) o en Venom (Fleischer, 2018), tiene más en común con Joker (Phillips, 2019) que con las anteriormente citadas.

Stella (Emma Stone), el “dulce” alter ego de Cruella. Fotograma de la película.

Si bien es cierto que Cruella en esta película es convertida en un icono punk, en una macarra que causa problemas y destrucción allá donde vaya, dista mucho de ser un personaje heroico y positivo. Por un lado, se ve motivada por la venganza, y por otro, se la muestra como un personaje inestable, peligroso, egocéntrico, intimidante y que abraza su lado más perverso. Esto queda patente en varias escenas, tanto en líneas de diálogo como visualmente.

Por tanto, aunque se atribuya la maldad de la diseñadora a un pasado conflictivo y se busque la empatía del espectador, la cinta en ningún momento aboga por convertirla en una heroína, convirtiéndola en algo más interesante y arriesgado que el blanqueamiento perpetrado sobre la maestra del mal (Maléfica) o la némesis de Spider-Man (Venom) en sus respectivos abordajes cinematográficos.

A estas alturas de la película, decir que Emma Stone es un portento es quedarse muy corto. Desde su protagonismo en La La Land (Chazelle, 2017), Criadas y señoras (Taylor, 2011) o La favorita (Lanthimos, 2018), pasando por roles más secundarios pero memorables como Bienvenidos a Zombieland (Fleischer, 2009), Crazy, Stupid, Love (Ficarra & Requa, 2011) o The Amazing Spider-Man (Webb, 2012), resulta imposible negar que es una intérprete brillante y con multitud de registros.

Cruella urdiendo un malévolo plan. Fotograma de la película.

Precisamente, la dirección de Gillespie saca partido a la versatilidad de Stone, exponiéndola a diversas situaciones y escenarios en los que da rienda suelta a sus matices como actriz. El ejemplo más evidente de esto es una escena concreta que no destriparé, pero que ocurre justo en la transición del segundo al tercer acto y que implica un monólogo de Stone. Un soliloquio que el director, inteligentemente, optó por rodar en un solo plano (cámara en mano) y sin cortes. Efectivamente, esa escena fue la que consiguió afianzar mi opinión positiva respecto a la película, puesto que habla de la naturaleza trágica del personaje, y a la vez, de la exaltación de su maldad.

La Baronesa (Emma Thompson), la rival e igual de Cruella. Fuente: asthebunnyhops.com

Por supuesto, la otra gran reina de la función es Emma Thompson. Parece una tontería muy obvia, pero si el guion y la dirección no plasmasen ni explotasen bien la dinámica entre La Baronesa y Cruella, la película se derrumbaría sobre sus propios cimientos. Aún así, resulta un comentario significativo, porque no son pocas las ocasiones en las que una película con dos titanes interpretativos desaprovecha el talento delante de la cámara. Sin salirme de la factoría Disney, como ejemplos ilustrativos me vienen a la mente las dos películas de Alicia protagonizadas por Mia Wasikowska, Anne Hathaway, Helena Bonham Carter y Johnny Depp.

La Baronesa puede recordar a personajes como la temible Miranda Priestly (Meryl Streep) de El diablo viste de Prada (Frankel, 2006), pero con la elegancia, el carisma y la flema británica que sólo una actriz del calibre de Thompson podría aportar. Curiosamente, cuando cierto giro se revela a mitad del metraje, la actitud de su estirada y maquiavélica aristócrata cobra toda una nueva dimensión de significado. Por tratar de desvelar lo menos posible, que Cruella la tome como referente pero también como enemiga personal tiene muchísimo sentido. Ya saben lo que se dice: “Los polos iguales se repelen”

No obstante, Cruella cuenta con un reparto de secundarios que, pese a quedar opacados por la justa interpretativa de las dos Emmas, no desentonan en lo absoluto ni carecen de presencia. A destacar, el siempre solvente Mark Strong (Kingsman, Sherlock Holmes, ¡Shazam! ) y Joel Fry (Yesterday), quien consigue añadir un matiz de sensatez al personaje de Gaspar, sin hacerlo menos granuja o cómplice de las tretas de Cruella. Mención especial a Paul Walter Hauser (Richard Jewell) como el bobo y torpe Horacio, que encantará tanto a niños como adultos.

Cruella junto a sus míticos compinches: Gaspar (Joel Fry) y Horacio (Paul Walter Hauser). Fuente: Hipertextual.

Obviamente, era de esperar que un filme con trasfondo en el mundo de la moda ostentase un vestuario espectacular. Aún así, recalcarlo no resulta redundante ni baladí, puesto que el diseño de vestuario de Jenny Beavan (Mad Max: Furia en la carretera) y Tom Davies (La invención de Hugo, Batman v Superman), así como todos los aspectos del diseño de producción (ambientación de época, decorados, maquillaje, etc) merecen ser reconocidos por su apabullante trabajo.

A destacar, las numerosas performance y escándalos públicos que perpetra Cruella, en los que se exhibe un fondo de armario tan excéntrico como creativo.

Cruella orquestando una de sus muchas performance. Fuente: traveler.es

Por otra parte, considero que ésta es la primera película live-action de Disney dirigida con cierta impronta personal y cariño. Porque, ¿qué tenía Dumbo, más allá de los créditos, que nos recordase a Tim Burton? ¿Y su Alicia? Lo mismo se puede aplicar al Aladdín de Guy Ritchie o a la Cenicienta de Kenneth Branagh. Y, como se plantee un análisis de El rey león de Jon Favreau o La bella y la bestia de Bill Condon, necesitaría quinientos párrafos…

En cualquier caso, el director de la fantástica y perversa Yo, Tonya (en la que se perciben varios paralelismos narrativos con ésta) demuestra su energía y talento detrás de la cámara en numerosas secuencias. Por ejemplo, las persecuciones de vehículos que parecen sacadas de una crook story (películas protagonizadas por criminales), un plano secuencia muy concreto que acontece en el interior de un edificio (y que recuerda a algo propio de Scorsese) o el ya comentado monólogo en el parque, donde el recurso de “cámara agitada” no molesta, sino que transmite emociones acordes a lo que siente el personaje. Desde luego, este filme tiene varios planos para el recuerdo; imágenes que saltan de la pantalla y llamarán la atención de incluso el más despistado de los espectadores. Y eso es más de lo que se puede decir de la servicial e impersonal realización de varias de las anteriores reiteraciones en carne y hueso…

Cruella posando grácilmente. Fotograma de la película.

Además, Cruella cuenta con un soundtrack que, si bien sólo se compone de los temas más conocidos de ciertos artistas, no deja de ser una gozada para los oídos. Con la excusa de ambientarse en el Londres de los años 70, el montaje juega con una retahíla de canciones asociadas a los artistas de esa primera ola del punk. Así, los amantes del punk rock (y de la música disco) se alegrarán de saber que la BSO cuenta con nombres tan conocidos como Queen, Blondie, The Clash, Supertramp, los Rolling Stones, the Doors, Electric Light Orchestra (ELO) o los Bee-Gees, por nombrar unos cuantos. Incluso deja espacio para temas más relajados, como Feeling Good de Nina Simone o dos canciones de Ike & Tina Turner. Y por supuesto, conviene mentar los créditos animados finales, donde se escucha la canción Call me Cruella, compuesta e interpretada por Florence + The Machine, que sirve como acompañamiento al deleite visual.

No obstante, pese a que la música es una fortaleza de la película, en ciertos momentos se convierte también en una debilidad. Conviene resaltar que no resulta en un problema de “música marcando el compás de las imágenes”, puesto que anteriormente se ha mencionado el despliegue visual que el director y el equipo artístico-técnico importan. Más bien, se trata de un problema de montaje.

Llega un punto, en el que el uso de canciones populares termina saturando. Hay tramos de la película en los que comienza una canción, suena durante aproximadamente un minuto y, acto seguido, comienza a sonar OTRA. Nunca llega a resultar molesto, pero sí bastante reiterativo y ligeramente formulaico, hasta el punto de que apenas hay momentos pausados o contemplativos.

Cruella codeándose con la flor y nata londinense. Fotograma de la película.

Por comentar el otro aspecto negativo resaltable, y el que me impide darle cuatro estrellas o más (como inicialmente pensaba), considero que el tercer acto es una tremenda “bajada de pantalones”. Si bien los dos primeros tercios planteaban el origen de una villana ególatra y obsesionada con la moda, el final se convierte en una venganza a medio cocer. Si la película fuese consecuente con lo sembrado previamente, el clímax culminaría de una forma mucho más siniestra y turbia. Para ser claros, es como si Joker/Arthur Fleck no perpetrase sus terribles actos en el desenlace de Joker (Phillips, 2019).

Claro, uno se para a pensar, y se percata de que está ante el Disney de 2021, no el de los años 40 o, tan siquiera, el de los 90. Y el problema es que, durante los dos primeros tramos, el tono consigue engañarte: los personajes tienen un humor muy ácido y negro, hay situaciones de crueldad y maldad por parte de las dos Emmas que se plantean de forma cómica, se exploran tropos comunes del Disney clásico (como los pecados del progenitor o la orfandad), hay ramalazos de Charles Dickens (sobre todo durante el primer acto) y de películas de atracos… Por hacer un spoiler menor, ¡incluso un personaje se emborracha! ¡¿Cuánto tiempo hacía que no ocurría algo así en un producto Disney?!

Cruella exhibiendo uno de sus llamativos vestidos. Fotograma de la película.

Precisamente, la película tiene una calificación de “No recomendada para menores de 12 años”. Aún así, la sala estaba a rebosar de niños y esto no me parece desafortunado ni desacertado. Primero, porque ya va siendo hora de que la generación actual de niños se exponga a algo más oscuro que la media de ficciones que consumen. Y segundo, porque la película no tiene ningún elemento como para traumatizar o asustar. Quizás cause una impresión muy grande a niños muy muy pequeños, pero cualquier crío de más de siete años se lo pasará en grande con esta Cruella.

En cualquier caso, esa forma de recular en el desenlace con respecto a la motivación de Cruella, no deja de ser una estrategia para mantener la simpatía del espectador hacia el personaje. Insisto, el personaje nunca se plantea como alguien bueno o moralista, sino como alguien que se venga de una persona horrible por métodos destructivos y motivados por puro ego. Pero, teniendo una calificación como la que ostenta, podía haber dado “un paso más allá”.

Cruella, sonriente y elegante. Fotograma de la película.

A pesar de ese ligero declive en su último tramo, estamos ante una película sólida, por momentos, visualmente hipnótica, y con un ritmo trepidante. Jamás aburre, divertirá a toda la familia y tiene como atracción principal a dos monstruos de la actuación. Es un origen interesante para el personaje (si bien, nadie lo había pedido) y, por lo menos, no es una copia plano por plano de una cinta animada.

Al final, no deja de ser una historia de ascenso al poder, con todas las connotaciones maquiavélicas que ello implica; por lo que me cuesta compartir el argumento de Cruella resignificada como “heroína” o “buena”. Tampoco la percibo como un blanqueamiento/enaltecimiento de la villana, sino como una reconfiguración de la original, un intento de mostrarnos su punto de vista y pasado, así como su inestable mentalidad, antes de los acontecimientos de 101 Dálmatas.

Justamente, una simpática escena postcréditos sienta las bases para una futura adaptación del filme animado. Atendiendo a lo construido en Cruella, no sería necesariamente una copia idéntica de la animada ni de la Glenn Close, sino que podría tener su propia identidad, sin dejar de rendir tributo. En caso de dar luz verde a dicha secuela, y si se mantiene a Emma Stone y Craig Gillespie como figuras implicadas en el proyecto, “El Ratón” contará con mi entrada.

Breve tráiler con una canción de Florence + The Machine, un tema compuesto para la película. Fuente: YouTube.

Valoración de la película

Puntuación: 3.5 de 5.

El mejor live-action de Disney hasta la fecha. Los dos primeros actos son divertidos, llenos de imágenes vibrantes y una música atrapante. Si bien el último tercio se torna como algo más previsible, las fantásticas interpretaciones de las dos actrices principales te mantienen al borde del asiento.

Se agradece su tono más siniestro, pues nos recuerda que Disney, cuando quiere, puede tener muy mala leche.

Si te apetece ver algo diferente y adentrarte en la psique de esta villana desde una nueva perspectiva, la recomiendo encarecidamente.

Mortal Kombat (2021): Ni “Fatality” ni “Flawless Victory”

Veintiséis años después de que Paul W.S. Anderson la trasladase a la gran pantalla, la franquicia de videojuegos de lucha regresa bajo el brazo de James Wan como productor.
Spot de la película en español.

Las adaptaciones cinematográficas de videojuegos arrastran una maldición. No hemos tenido ni un Logan (Mangold, 2017) ni un Vengadores: Infinity War (Russo & Russo, 2018) y, por supuesto, nada remotamente cercano a El Caballero Oscuro (Nolan, 2008). A menudo, cuando se dice que una película de videojuegos es “pasable” o “decente”, suele ir acompañado de la coletilla: “Para ser una peli de videojuegos”. Como ejemplos de esto, me vienen a la mente la reciente y exitosa Sonic, la película (Fowler, 2020) o Warcraft: el Origen (Jones, 2016).

No obstante, pese a honrosas excepciones como las citadas, es innegable que el baremo no resulta para nada halagador. Los fanáticos del mundillo han tenido que conformarse con las mediocres Assassin’s Creed (Kurzel, 2016), Doom (Bartkowiak, 2005) o Rampage (Peyton, 2018) o las infumables sagas de Hitman, Dead or Alive o Resident Evil. Y, si nos ponemos a hablar de la filmografía de Uwe Boll, tendríamos material para otro artículo, un libro y una tesis doctoral…

Fotograma de Mortal Kombat (2021). Cole Young (Lewis Tan), luchador de MMA y nuevo protagonista; creado exclusivamente para la película.

En cuanto a la relación de este humilde espectador con la franquicia de Mortal Kombat, me considero un jugador ocasional de la misma y siempre disfruté tanto de sus brutales y exagerados combates como de sus personajes y lore. Por otra parte, vi las dos incursiones cinematográficas de finales de los 90. La de Paul W. S. Anderson se deja ver, pero le faltan factura técnica y la violencia de los juegos (era PG-13). La segunda parte, Mortal Kombat: Aniquilación (Leonetti, 1997) hace honor a su nombre: un risible y completo despropósito que solo se puede recomendar con una botella de ginebra en mano.

Fotograma de Mortal Kombat: Anquiliación (1997). Hasta los Power Rangers tenían más presupuesto.

Entonces, con el listón tan bajo, ¿es Mortal Kombat (McQuoid, 2021) mejor que sus predecesoras? Obviamente; no era muy complicado. No obstante, pese a ser gamberra y brutal, tiene problemas que conviene comentar.

Lo mejor de este reboot son los personajes de Scorpion (Hiroyuki Sanada) y Sub-Zero (Joe Taslim). Los combates entre ambos son brutales y su rivalidad en pantalla es la única dinámica entre personajes que se siente bien construida y dramáticamente potente. Precisamente, la película arranca con una secuencia ambientada en el período Edo japonés. La violencia y el tono de este fragmento no tienen nada que envidiar a una película como 13 asesinos (Miike, 2010) y, lo que es más importante aún, nos introduce a estos dos enemigos mortales y los motivos detrás de su milenaria rencilla. Es, sencillamente, la mejor secuencia de toda la película. Y ahí está, en parte, su mayor problema: una vez se pone toda la carne en el asador, lo más probable es quedarse a medio gas…

Fotograma de la película. Scorpion (Hiroyuki Sanada) y Sub-Zero (Joe Taslim), cara a cara.

En cuanto al resto del elenco, el parecido físico de los actores con sus contrapartes jugables resulta bastante fidedigno. El maquillaje y el vestuario no se sienten ni cutres ni ridículos y la ristra de luchadores que aparece, así como algún que otro guiño o cameo, deleitará con creces a los fanáticos de la saga.

Sin embargo, la película adolece de un grave problema, una cuestión narrativa y de montaje: el ritmo es demasiado apresurado. El filme está tan empeñado en no aburrir nunca, en llevarnos de una localización a la siguiente y en introducir un nuevo personaje cada cinco minutos, que no tiene tiempo para profundizar en las relaciones entre sus personajes ni en disfrutar de la lograda ambientación.

Ejemplos claros de ello son la presentación de ciertos personajes como Goro (recreado íntegramente por CGI) o Kung Lao (Max Huang), que aparecen prácticamente de la nada y con apenas un par de líneas como introducción.

Fotograma de la cinta. Vemos a Goro, uno de los malos más queridos de los juegos.

Con las relaciones entre los protagonistas, ocurre exactamente lo mismo: el nuevo héroe Cole Young tiene como motivación defender a su hija y a su esposa, pero apenas pasa tiempo con estas. Incluso se plantea cierto simbolismo a través de una pulsera de la hija que luego se olvida por completo.

El escepticismo de Lord Raiden (un genial y desaprovechado Tadanobu Asano) hacia Cole se pasa, prácticamente, en un suspiro. Hay un personaje que muere a mitad de la cinta, pero ha sido presentado de forma tan abrupta que su final nos importa entre poco y nada. Y cómo olvidar la derrota de Shang Tsung (Chin Han) que, si bien no es el villano con más presencia (ese sería Sub-Zero), se supone que es la mente maestra tras todo el complot. Pues, pese a dicho peso narrativo, se deshacen de él con un chiste (literalmente).

Concretamente, las dos únicas dinámicas interesantes son la ya comentada enemistad entre Sub-Zero y Scorpion y la camaradería entre Sonya Blade (Jessica McNamee) y Jax (Mehcad Brooks). En resumidas cuentas, la película apuesta por la acción dinámica y trepidante; pisa el acelerador, en lugar de frenar. En consecuencia, una franquicia a menudo alabada por la imaginería visual de sus escenarios y por su galería de héroes y villanos se convierte en un “visto y no visto”, desbaratando cualquier tipo de construcción dramática. Para ciertos espectadores puede ser un problema; para los sedientos de adrenalina, no tanto…

Fotograma de la película. Sonya Blade (Jessica McNamee) le planta cara a Kano (Josh Lawson).

Por otra parte, los diálogos tienen varias frases que pueden resultar cursis o, directamente, embarazosas. No obstante, si se aprecia que varias de ellas son menciones directas al juego (“Get over here!” o Flawless Victory) y que la película está buscando un tono macarra y exagerado (es decir, que ni ella misma se toma en serio), quizás la audiencia debería optar por hacer lo mismo.

En cuanto a la acción, los fans preguntarán: “¿Qué tal está?” Pues cumple con creces: es creativa, grotesca y tiene un sentido del humor muy negro. No obstante, no esperéis toparos con nada equiparable a los salvajes fatalities y brutalities de los últimos juegos. Aún así, hay brazos arrancados, cabezas cortadas, tripas sacadas… Una verdadera oda a la casquería.

Así mismo, la decisión de mostrar los combates (casi siempre) en planos generales y la contundente edición de sonido (huesos rotos, rayos, fuego, golpes, etc), combinada con una notable BSO de Benjamin Wallfisch, dan lugar a una experiencia bastante cercana a jugar una partida. Es más, hay incluso planos concretos (en la batalla final, por ejemplo) que aluden precisamente al encuadre con el que arranca cualquier pelea del videojuego.

Fotograma de la película. Liu Kang (Ludi Lin) y su primo Kung Lao (Max Huang).

Entonces, ¿es Mortal Kombat (2021) una buena adaptación? En términos estéticos, desde luego; la influencia de James Wan (The Conjuring, Saw, Aquaman) desde el equipo de producción se percibe de forma evidente. Sin embargo, en términos narrativos, se siente como un prólogo, como una presentación de personajes que exhibe un futuro prometedor (el último plano es toda una declaración de intenciones), pero que no termina de despegar sin la complicidad y paciencia de los fans. ¿Es entretenida? Desde luego. ¿Es buena? No del todo, pero tampoco es mala como las anteriores entregas.

Aún así, es una cinta que no engaña a nadie. Sabe perfectamente a quién dirigirse: a los fans de las películas de artes marciales (y de las MMA), a los amantes de las bizarradas de los Shaw Brothers y, por supuesto, a los jugadores adeptos de esta franquicia creada por Ed Boon y John Tobias en el, cada vez más, distante año 1992. No obstante, uno no puede evitar imaginarse cómo hubiese sido la película de haber mantenido el tono y estilo de la secuencia inicial; habrá que conformarse con volver a las pelis de Takashi Miike y Takeshi Kitano…

Fotograma de la película. Scorpion (Hiroyuki Sanada) ejecuta su mítico ataque.

Valoración de la película

Puntuación: 3 de 5.

Adaptación disfrutable, cañera y violenta. Divertirá a los forofos del videojuego y de las artes marciales. No recomendable para el que busque un entretenimiento más “cerebral” o serio.

Sin Perdón o “Cómo Clint Eastwood resucitó el western”

Años 90. La época dorada del western había terminado varias décadas atrás. Bailando con lobos (Costner, 1990) recuperó el género y Clint Eastwood lo reinventó.
Clint Eastwood como William Munny en Sin Perdón. Fuente: filmaffinity.com

Sin Perdón (Eastwood, 1992) no es importante por las muescas que tiene en su revólver, sino por lo que significó para el género western en su momento: un completo cambio de paradigma

Todos tenemos una idea preconcebida en torno al género: cazarrecompensas, caballos, asaltos a diligencias, duelos, indios, sheriffs, el saloon… Incluso el que ha visto muy pocas (por  no decir ninguna), sabe más o menos a qué se expondrá con una película de vaqueros. Y  no es de extrañar porque, aunque sea por parodias o pura “ósmosis cultural”, todos hemos visto alguna imagen icónica de estos filmes. Podemos darle las gracias a directores como John Ford (La diligencia, Centauros del desierto), John Sturges (Los siete magníficos, Duelo de titanes) o Howard Hawks (Río Bravo); y a actores como James Stewart, Henry Fonda, Gary Cooper y, por supuesto, a John Wayne (actor fetiche de Ford). Sin embargo, Sin Perdón le da la vuelta a todas estas cuestiones.

El film de Eastwood es una deconstrucción de los tropos del género. Esto, de partida, no suena novedoso: ya hubo cintas durante la etapa clásica que se salían de los esquemas. Raíces profundas (Stevens, 1953) cuenta la historia de un cowboy con un pasado turbio y que se resiste a empuñar un arma de nuevo, hasta que las circunstancias de una familia de granjeros lo obligan a volver a entrar en la espiral de violencia.

Valor de ley (1969) nos muestra a un John Wayne viejo, borracho y cascarrabias, que en su momento fue una leyenda, pero que ahora no es ni la sombra de lo que era. Grupo salvaje (Peckinpah, 1969) va de un grupo de forajidos cafres, quienes terminan dándose cuenta de que no tienen cabida en una nación que ha derivado a la civilización. Y El hombre que mató a Liberty Valance (Ford, 1962) contrapone precisamente a esas dos visiones: el arcaico y violento Salvaje Oeste, encarnado en el personaje de John Wayne, y la nueva sociedad estadounidense construida en torno a leyes y valores democráticos, encarnada en James Stewart.

Sin embargo, Clint Eastwood y David W. Peoples (el guionista) toman elementos de todas aquellas (sobre todo, en términos de tono) y los reformulan para crear algo totalmente nuevo. El resultado final es una película que destila cierto aroma familiar para los aficionados y nostálgicos del género pero que, a su vez, nos muestra el Wild West como nunca antes lo habíamos visto: gris, amargo y con un realismo que resulta hasta chocante.

William Munny (Eastwood) junto a su viejo amigo Ned Logan (Morgan Freeman). Fuente: festival-cannes.com

Ya desde el inicio vemos a William Munny (Eastwood) enfermo, revolcado en el barro con los cerdos de su granja y cayéndose del caballo. La película nos está dejando su declaración de intenciones… ¿En qué otra película habíamos visto a un vaquero protagonista con dificultades para subir a lomos de su corcel?

Con los tiroteos, ocurre algo muy similar: las balas vuelan en todas las direcciones, pero rara vez dan en su objetivo, y las muertes son entre poco y nada espectaculares (incluso un personaje muere en el retrete). Un vaquero más joven, que parece actuar como el avatar del espectador y que acompaña a Munny en su aventura, le pregunta sobre si los duelos eran tan horrendos y desconcertantes en su época. Ante esto, el personaje de Eastwood responde: “No lo recuerdo, solía estar siempre borracho…”

William Munny practicando su puntería tras años de retiro. Fotograma de la película

La desmitificación continúa hasta en la escenografía. Vemos localizaciones tan trilladas como los interiores de un tren, una taberna o la oficina del sheriff. Sin embargo, en muchas ocasiones, estos espacios son filmados entre sombras, como la propia historia que nos están contando. Creo que la escena que mejor ejemplifica esto es el ya mítico desenlace en la taberna… En consecuencia, la escenografía guarda una conexión temática con el tono y argumento del filme. 

A pesar de esto, en la película pueden vislumbrarse ciertos atisbos de luz y optimismo, empezando por los escenarios naturales. Contemplamos desde verdes praderas y rocosos desfiladeros, hasta preciosos atardeceres que sonrojarían al mismísimo John Ford. La fotografía de Jack N. Green, quien ya trabajó con Eastwood en El sargento de hierro (1986) y repetiría en Los puentes de Madison (1995), es sencillamente impecable

Fotograma de la cinta; deudora de los western de John Ford.

Pero no es una película que resulte interesante únicamente desde un punto de vista técnico o de guion, también resulta apasionante por la dirección de actores. Solo con los cuatro nombres que aparecen en el poster tendría para escribir un ensayo de la complejidad y matices de cada personaje. Me limitaré a resumir cada uno de ellos en un par de frases. 

Clint Eastwood interpreta a un vaquero lánguido y malhumorado, que antaño fue un despiadado criminal (lo describen como “William Munny, el asesino de niños y mujeres”). Solo Clint, desde su madurez, podría interpretar a un personaje como este: débil y en el ocaso de su larga vida, pero que es capaz de armarse de rudeza y mala leche cuando alguien comete el error de “tocar” a sus seres queridos. 

Morgan Freeman interpreta al viejo socio de Munny, actuando como su brújula moral, con la sobriedad interpretativa y calidez humana a la que este actor nos tiene tan acostumbrados. 

Sir Richard Harris como Bob “el Inglés”. Fotograma de la película

Richard Harris interpreta a Bob “el Inglés”, un cazarrecompensas fanfarrón pero con el que estableces una inmediata complicidad. De hecho, pese a que la cinta expone varias frases y discursos icónicos, el monólogo que más avispado resulta para este espectador corre a cargo del británico. No quiero destriparlo, pero hace alusión a la diferencia entre asesinar a un presidente o a una reina…

Y, por supuesto, el rey absoluto de la función es Gene Hackman (ganador del Oscar a Mejor Actor de Reparto), quien encarna a Little Bill, el implacable sheriff del pueblo que está dispuesto a hacer lo que sea con tal de imponer su autoridad. Sería fácil reducirlo a un simple villano, y aunque tiene momentos de absoluta crueldad, Hackman consigue interpretarlo con una actitud lo suficientemente campechana como para que (al principio) te resulte simpático. Particularmente, la escena en la que desmonta hazañas y leyendas de cowboys a un cronista, en su tan artesanal como torcida cabaña, ilustra muy bien todos los detalles de este siempre brillante intérprete.

Fotograma de Gene Hackman como Little Bill, resultando ganador de un Oscar por este rol.

En resumen, por una historia crepuscular y cruda sobre el Salvaje Oeste, por unas interpretaciones para el recuerdo, por una puesta en escena cuidada y, sobre todo, por revisitar el mito del cowboy con una visión tan iconoclasta como nostálgica, Clint Eastwood nos brindó (irónicamente) una de las películas más emblemáticas del género. A día de hoy, cuesta encontrar westerns que puedan hacerle sombra. No me tiembla el pulso al afirmar que es una obra maestra y que la recomiendo encarecidamente. Cierro con unas palabras de William Munny:

Matar a un hombre es algo despreciable. Le quitas todo lo que tiene, y todo lo que podría llegar a tener”.

Tráiler retro de la película.

Valoración de la película

Puntuación: 5 de 5.

Uno de los mejores western de la historia. Un visionado imprescindible, tanto para los amantes del género como para los más escépticos.