Dune (2021): «space opera» en todos los sentidos

Tras un primer (y fallido) intento de David Lynch, más un proyecto de Alejandro Jodorowsky que nunca vio la luz, el universo de ciencia ficción creado por Frank Herbert regresa a la gran pantalla de la mano del director de Blade Runner 2049. Sin haberse estrenado ni en estados unidos ni eN China, la cinta ya ha superado la barrera internacional de los 100 millones de dólares. Pero, ¿es una cinta que satisface los intereses del gran público o es un espectáculo lento y aburrido, apto exclusivamente para los fanáticos de las novelas?
Tráiler oficial de «Dune» (2021) en castellano.

Sic Parvis Magna. Sí, se trata de una cita de la saga de videojuegos Uncharted pero viene como anillo al dedo. Es una expresión proveniente del latín que significa: «la grandeza nace de pequeños comienzos» (bueno, estrictamente significa «pequeño como grandioso», pero uno se hace a la idea). Al igual que Nathan Drake, las aventuras de Paul Atreides tienen que comenzar de forma humilde, introducir a los personajes principales y presentar el lore de un universo con más de medio siglo de bagaje literario. Sí, más que humilde, suena a algo muy ambicioso. ¿Lo consigue Denis Villeneuve, uno de los directores más aclamados (La llegada, Sicario, Prisioneros), y a la vez, más de nicho (Blade Runner 2049, Incendies, Enemy) de los últimos tiempos?

Paul Atreides (Timothée Chalamet), heredero de la Casa Atreides y uno de los grandes protagonistas de la saga Dune.

Si algo está claro es que el equipo creativo detrás de Dune (2021) se topó con un hueso duro de roer desde el minuto en el que se anunció el proyecto. Por un lado, tenían dos precedentes cinematográficos poco halagüeños: uno que no llegó a salir de la incubadora de preproducción (el proyecto soñado del escritor y cineasta chileno Alejandro Jodorowsky) y otro que supuso un ejercicio de condensación narrativa vertiginosa de la mano del (quizás, apropiadamente) maestro contemporáneo del surrealismo, David Lynch.

Por otra parte, tenían que contentar al público mayoritario (algo que a Villeneuve a menudo se le escapa, a excepción de algunos trabajos más «accesibles» como Sicario) a la par que satisfacer a los fanáticos de las novelas; una saga literaria que está considerada básicamente como «el abuelo de la ciencia ficción«. Literalmente, y sin exagerar, la mayoría de autores sci-fi han sido influenciados directa o indirectamente por Dune. ¿Naves con forma de insecto volador? ¡Hola, Nausicäa del Valle del Viento (Miyazaki, 1984) y El hombre de acero (Snyder, 2013)! ¿Casas/ dinastías que conspiran con tal de sentarse en un codiciado trono? ¡Anda, Canción de Hielo y Fuego (Juego de Tronos)! ¿Un Imperio galáctico malvado, un planeta desértico habitado por una tribu de nómadas y gusanos gigantes que emergen de la tierra y un elegido poseedor de una fuerza mística que influye en las mentes de otros? Ay, George Lucas, qué pillín…

El duque Leto Atreides (Oscar Isaac), padre de Paul. A la izquierda, el leal Gurney Halleck (Josh Brolin), Jefe de Guerra de la Casa Atreides y uno de los instructores de Paul. Fuente: Vandal

Pero, ¿dónde está el truco? En primer lugar, tienes que contar con una trama que, aunque se haya visto un millón de veces, resulte lo suficientemente atractiva como para visionar OTRA variación más. Y si algo demostró Cristo a los subsiguientes elegidos como Anakin y Luke Skywalker, Harry Potter, Neo y cía es que a las masas les encanta una buena historia de elegidos que salvan al mundo de las fuerzas del mal.

Añade a esto un exquisito diseño de producción a cargo del «sospechoso habitual» de Villeneuve, Patrice Vermette, que por momentos recuerda a otros grandes de la ciencia ficción (Alien, el octavo pasajero y el planeta natal de los Harkonnen o el ya citado caso de Star Wars y el planeta Dune/Arrakis), un mensaje ecologista sutil (más evidente, al parecer, en la novela) y un subtexto religioso interesante; evidente, por ejemplo, en una significativa muerte que retrotrae a la imaginería de Cristo crucificado. En definitiva, la cinta está constantemente jugando sobre «territorio conocido», tanto en lo narrativo como en las influencias artísticas. Sin embargo, al ser una mezcla de elementos tan dosificada y estar rodada con el ojo preciosista de Villeneuve, se percibe como algo prácticamente novedoso y espectacular.

Claro está, habría que partir de la base de que previamente, como si se tratase de los Harkonnen con el planeta Arrakis, todo quisque ha esquilmado las novelas originales de Frank Herbert y su trabajo se ha plasmado con mucha posterioridad; algo parecido a lo que sucedió con John Carter de Marte de Edgar Rice Burroughs cuando llegó la adaptación cinematográfica de 2012. Pero esa discusión daría para otro artículo tan extenso como interesante…

Por suerte para Dune, todo el armazón que suponen el guion y la dirección artística queda revestido por un reparto que abarca desde la solidez interpretativa hasta la más pura emotividad, pasando por un antagonista vil y repulsivo que incomoda en cada una de sus apariciones.

Póster de Dune (2021). Fuente: Hipertextual

Timothée Chalamet encarna a un protagonista un tanto estoico y frío. Probablemente, se deba a que el personaje de Paul Atreides es descrito así en las páginas escritas por Herbert, pues Chalamet ha demostrado con creces que, cuando se lo indica el guion, puede exhibir un amplío rango de emociones (Call Me By Your Name). No obstante, hay que reconocer que brilla en los momentos en los que el personaje muestra su lado más vulnerable.

Respecto al resto del elenco, hay que aclarar que, pese a los nombres del cartel, no todos tienen el mismo tratamiento, ni narrativo ni de duración en pantalla. Mientras que Javier Bardem y Zendaya quedan algo desdibujados (bajo la promesa de darles más enjundia en la segunda parte), Rebecca Ferguson y Oscar Isaac brillan como los padres de Paul Atreides.

Isaac da vida a un soberano solemne, sabio y paternal (una vuelta a la sobriedad, tras su simpático Poe Dameron en las nuevas de Star Wars) y tiene un momento dramático sumamente tenso y brillante, que no merece ser destripado pero sí aplaudido. Su compañera de reparto tiene el papel (probablemente) más interesante de la película. Es una mujer en constante conflicto, entre la fe por su orden y el amor, entre la implacable guerrera y la madre coraje. Y Ferguson es capaz de transmitir tantísimo con una simple mirada como para decir que se come con patatas al resto, cada vez que aparece.

Lady Jessica (Rebecca Ferguson), amante de Leto Atreides y madre de su heredero, Paul. Pertenece a la orden religiosa de las Bene Gesserit. Fuente: Den of Geek

En cuanto a los incondicionales de Jason Momoa, ni qué decir tiene que vuelve a interpretar a un guerrero bruto, con ciertos dejes carismáticos y un corazón de oro. Sí, prácticamente, vuelve a hacer de Aquaman y lucha como Khal Drogo. Pero se le ve tan cómodo ese rol y parece estar pasándoselo tan bien (de forma similar a Christoph Waltz y sus villanos sofisticados e ingeniosos) que uno no puede evitar ser contagiado por su entusiasmo.

Digno de mencionar también es Stellan Skarsgärd como el villano, el Barón Vladimir Harkonnen, quien tiene una presencia física en pantalla y unos sets e iluminación a su alrededor que, inevitablemente, recuerdan al coronel Kurtz (Marlon Brando) en Apocalypse Now (Ford Coppola, 1979). Debido a la forma similar en la que Villeneuve presentaba a otro antagonista en su anterior trabajo (Jared Leto/Niander Wallace en Blade Runner 2049) y a ciertos gestos en la interpretación de Skarsgärd, resulta pertinente cuestionarse si se trata de un homenaje consciente o de simple coincidencia. En cualquier caso, el barón Harkonnen no deja indiferente a nadie y, a diferencia de la caricaturesca versión ochentera de Lynch, se siente como una inquietante amenaza que Paul Atreides y compañía no deberían subestimar.

El Barón Vladimir Harkonnen (Stellan Skarsgärd), líder de la Casa Harkonnen y uno de los principales antagonistas de la franquicia. Fuente: Dune News Net.

A esto hay quien le sumaría el soundtrack del maestro Hans Zimmer (Interstellar, Piratas del Caribe, El caballero oscuro, El rey león). No obstante, a oídos de este admirador del compositor alemán, mentiría al decir que la música dejó alguna impresión o emoción como tal. De forma similar a Gladiator (Scott, 2000), es destacable como Zimmer acude a una cantante étnica que entona cierta melodía en momentos de pura epicidad o triunfo. Citando al exquisito y extensísimo refranero español: «Lo poco agrada, lo mucho enfada».

La casa Harkonnen esquilma el planeta Arrakis (o Dune), en busca de una codiciada sustancia conocida como «la especia». Fuente: Reddit.

Sin haber leído ninguna de las novelas de Herbert ni conocer nada del universo de Dune antes de entrar en la sala, hay de decir que la cinta presenta el universo al espectador medio de forma excelente. Muestra detalles de las distintas culturas, de las Casas reales, de la religión, de la tecnología e, incluso, de las palabras y del uso de los idiomas que llaman la atención y, a la vez, despiertan ciertas dudas. En este espectador, concretamente, la película causó tal fascinación y curiosidad como para pasarse días leyendo la wiki oficial de Dune y buscando el precio de la primera trilogía literaria. No se puede decir que la película haga un mal trabajo en ese aspecto, pues vende su mundo ficticio como algo único e interesante.

No obstante, es esa misma mirada pausada y contemplativa del mundo lo que provoca el principal problema del film. No es necesariamente una película lenta (sí de extensa duración: dos horas y media), puesto que ocurren revelaciones, acciones y explicaciones cada dos por tres. Pero, si realizamos un resumen de lo que ocurre en esta «primera parte», realmente no acontecen tantos hechos como cabría esperar. Sí, mueren «x» e «y», pero la película no se siente como una primera entrega «completa» y satisfactoria por sí misma. Acaba de forma súbita y con la promesa (cita literal de un personaje) de que «es solo el comienzo».

Stilgar (Javier Bardem), líder de un grupo de Fremen; los nativos del planeta Arrakis. Fuente: IGN Latinoamérica.

No hay un clímax/ tercer acto, si planteamos el problema desde una terminología de estructura dramática. Y eso, como es evidente, puede dejar a más de un espectador perplejo e incluso algo decepcionado. Por buscar un símil, es como si La guerra de las galaxias (Lucas, 1977) terminase con la muerte de Obi-Wan Kenobi y la huida de la Estrella de la Muerte, sin llegar a mostrarnos la batalla final entre la Alianza Rebelde y el arma definitiva del Imperio. ¿Anticlimático? Sin duda.

Chani, una Fremen del planeta Arrakis. Es interpretada por Zendaya, una de las actrices de moda entre el público juvenil. Fuente: plex

En resumen, el único pecado de Dune (Villeneuve, 2021) es dejarnos con la sensación de haber visto una introducción, una presentación de los personajes y el lore por la que aguardar ansiosos durante años. Sí, la recaudación mundial augura una secuela inminente y Villeneuve parece estar trabajando ya en el guion, pero uno no puede evitar temblar cuando se acuerda de casos tan sangrantes como El Hobbit de Peter Jackson y sus constantes promesas. Todo se resolvió en un epílogo estirado y soporífero de tres horas y pico que en el libro se contaba en apenas unas páginas.

Por supuesto, solo con la sorprendente integridad artística de esta primera entrega y (lo que es más importante) las buenas cifras de taquilla, uno siente que Warner Bros. continuará respetando los designios autorales de Villeneuve, lo que lleva a pensar que recibirá el testigo con la misma pasión y mimo que ha dedicado a este filme. Pero, al igual que los sueños de Paul Atreides, eso es solo uno de tantos futuros posibles. Crucemos los dedos (¿y recemos?) porque la cruzada de Paul Atreides para convertirse en el Kwisatz Haderach continúe con la misma calidad narrativa y audiovisual de esta primera entrega.

Un vídeo que resume las Casas reales vistas en esta primera entrega de «Dune».

Valoración de la película

Puntuación: 4 de 5.

Una notable introducción al vasto universo ideado por Frank Herbert en los 60. Tiene uno de los mejores diseños de producción de 2021 y una fotografía impecable, lo que, sumados a la imaginería visual de Villeneuve, dan lugar a un espectáculo digno de disfrutarse en la pantalla más grande posible.

Interpretaciones a destacar: Oscar Isaac, Stellan Skarsgard y, especialmente, Rebecca Ferguson.

Su mayor defecto es que se siente como lo que es: un prólogo, un primer capítulo; lo que frustrará a más de un espectador impaciente. No recomendable para los incondicionales de Zendaya, pues su aparición en esta entrega no tiene el peso narrativo que esperan. No obstante, sí será un disfrute para fans de Jason Momoa y, sobre todo, Timothée Chalamet.

Cry Macho: los cowboys (no) lloran

Clint Eastwood desempolva el sombrero de vaquero y la silla de montar. Como en Mula (2018), se coloca delante y detrás de las cámaras para contarnos una historia que (quizás) ya nos había contado con anterioridad. Sin embargo, ¿resulta interesante esta deconstrucción de su carrera, o es solo un dramón que roza el telefilme?
Mike Milo (Clint Eastwood), un jinete en el ocaso de su carrera. Fuente: Fotogramas.

Ciertamente, multitud de críticas lo han señalado, pero el hecho de recordarlo no le quita valor: Clint Eastwood tiene actualmente 91 años a sus espaldas y más de 60 de trayectoria profesional. El director, productor y actor es una de las pocas leyendas vivas del cine; una reliquia del Hollywood de antaño. Por ello, toparse con una película suya en cartelera (prácticamente, cada año) no deja de ser una alegría para los espectadores de hueso colorado; especialmente, cuando decide desengrasar sus dotes interpretativas.

La crítica especializada (sobre todo, la angloparlante) ha vapuleado Cry Macho. Se la ha tachado de «lenta», «aburrida», «excesivamente sencilla»… Uno de los argumentos más comunes ha sido el cuestionamiento del señor Eastwood como protagonista: «Está muy mayor«. Con respecto a este detalle, creo que es precisamente lo que él buscaba: mostrar a una estrella cuyo brillo se apaga lentamente pero a la que le quedan suficientes fuerzas, coraje e incluso locura, como para embarcarse en otra epopeya cinematográfica.

Y sí, el concepto de «héroe crepuscular» no es algo que Eastwood haya inventado; lo preceden películas como Valor de Ley (Hathaway, 1969) con John Wayne. No obstante, si uno analiza su filmografía, notará que esta, junto con otras cuestiones como la culpa, la soledad o la vejez, son prácticamente los temas centrales del director. Es más, se podría decir que él es quien ha perfeccionado y madurado esas inquietudes narrativas. Solo hay que observar unas cuantas muescas en su revólver: Sin perdón (1992), Million Dollar Baby (2005), Gran Torino (2008), su reciente Mula (2018) o, incluso, Los puentes de Madison (1995). Todas ellas, en mayor o menor medida, tratan alguno (o todos) los leitmotive anteriormente citados.

Clint junto al gallo «Macho», el otro protagonista de la cinta. Fuente: HobbyConsolas

Por tanto, ¿volver a esas mismas inquietudes en Cry Macho no resulta reiterativo? En lo absoluto, y esto es porque, precisamente, la cuestión de la edad aquí funciona de forma más efectiva que nunca. Clint está visiblemente mayor, se mueve lentamente, su voz se siente cascada y apagada (todo esto en VO, aunque la versión doblada parece respetar esto con bastante fidelidad)… Y ese es justamente su punto.

El personaje de Mike Milo es un hombre que ha desperdiciado su vida siendo un tipo duro, «un macho» que se ha jugado el pellejo en incontables ocasiones y que, cuando ha tratado de recuperar el tiempo perdido, las cartas de la vida han jugado completamente en su contra. He ahí su caída en desgracia, he ahí su búsqueda de algún tipo de redención y he ahí su encuentro con este joven llamado Rafo (Eduardo Minett, en su primer papel angloparlante) quien le ayuda a salir del atolladero y encontrar las ganas de vivir.

La química entre un cascarrabias y resabiado Eastwood y el muchacho chulesco y temperamental es, de forma indiscutible, el corazón de la película. Y si a eso le sumamos la incorporación de un gallo peleón (que se roba cada plano en el que aparece), tenemos una road movie que funciona, divierte y emociona pese a adentrarse en territorio conocido. Para más inri, estén atentos a ciertas escenas, como en la que el chico y el cowboy conversan frente a una fogata o el monólogo de este último en la iglesia.

El trío protagonista: Mike, Rafo (Eduardo Minett) y el gallo Macho. Fuente: El Confidencial.

En cuanto a detalles técnico-artísticos, la dirección de fotografía de Ben Davis (Tres anuncios en las afueras y Doctor Strange, entre otras) saca especial provecho de las puestas de sol, lo que sintoniza en gran medida con «el ocaso de una leyenda». Además, la música de Mark Mancina (Tarzán de Disney, Vaiana, Con Air) aprovecha los ecos del western para deleitarnos con unas cuantas melodías country que sonrojarían a Gustavo Santaolalla (21 gramos, Babel, el videojuego The Last of Us).

Sin embargo, pese a sus mentados aciertos, se pueden plantear ciertas pegas respecto al libreto firmado por Nick Schenk (Mula, Gran Torino, la serie Narcos). Mientras que se exploran ciertas subtramas con sumo detalle, como el tierno romance con Marta (Natalia Traven) o la devoción por los animales y la vida rural, otras semillas plantadas no terminan de germinar. Por ejemplo, el maltrato físico y psicológico que sufre Rafo se muestra momentánea y efectivamente, pero la historia nunca vuelve a mencionarlo ni se aborda con la crudeza a la que nos tiene acostumbrados Eastwood. Sin ir más lejos de su filmografía, ahí están El francotirador (2014) o Mystic River (2003) como ejemplos de hasta dónde puede llegar el director cuando quiere tratar temas turbios o difíciles de soportar.

Así mismo, algunos matices y decisiones de los personajes no terminan de entenderse y ocurren de forma súbita; sin tiempo para que el espectador los procese. El cambio de parecer que sufre la madre de Rafo (Fernanda Urrejola) es tan repentino como desconcertante. De la misma manera, ciertos personajes que se plantean como antagonistas no terminan de sentirse como una verdadera amenaza y, en consecuencia, se recuperan para un clímax que transcurre de forma apresurada y sin grandes sobresaltos.

Milo enseña a Rafo a montar a caballo. Fuente: Espinof.

Quizás se trate de la sencillez formal y narrativa con la que Eastwood decide abordar toda la película (tiene mucho más de drama que de western). Aún así, no deja de ser chocante que el artífice de algunos de los desenlaces más memorables de la historia del cine (Million Dollar Baby o Sin perdón, por citar dos) nos brinde una resolución tan mundana y carente de épica. Porque Gran Torino sería muy dramática, urbanita y cotidiana, pero su tercer acto permanece en la memoria de cualquiera que la haya visto. Ese es probablemente su mayor problema: el conflicto final llega y se va en un suspiro; le falta fuerza dramática.

En síntesis, pese a que ciertos detalles del guion no están del todo pulidos, Clint vuelve a entregar otra película madura que sabe cómo y cuándo tocar la fibra sensible y que no teme cuestionar el pasado y legado de su estrella principal. Si esta fuese su última película, sería una humilde pero bonita despedida. Pero, como ya se sabe que el hombre vive por y para el cine, los amantes de este gran director seguiremos esperando cada una de sus propuestas con sumo entusiasmo. Porque el señor Eastwood podrá tener una ideología política que algunos abominen, pero que sus películas rezuman artesanía, reflexión y (sobre todo) humanismo, es algo incuestionable.

Concluyo con una cita de la propia cinta: «Eso de ser macho está sobrevalorado», a la que añado: «y lo de ser joven, tres cuartos de lo mismo».

Tráiler de la película.

Valoración de la película

Puntuación: 4 de 5.

Una película muy personal, sencilla en su realización y premisa, pero no por ello menos emotiva. Reflexiona sobre varias inquietudes muy familiares para los fans de Eastwood (la vejez, la soledad, el crepúsculo del héroe, el choque generacional) pero solo por el monólogo final de Clint merece un visionado. Muy en la línea de Lucky (2017), con Harry Dean Stanton. No apta para quienes esperen a Clint repartiendo balazos y tacos. Es una cinta crepuscular, pero también una celebración de la vida, del amor a la vejez y del reencuentro con la naturaleza.

Mortal Kombat (2021): Ni «Fatality» ni «Flawless Victory»

Veintiséis años después de que Paul W.S. Anderson la trasladase a la gran pantalla, la franquicia de videojuegos de lucha regresa bajo el brazo de James Wan como productor.
Spot de la película en español.

Las adaptaciones cinematográficas de videojuegos arrastran una maldición. No hemos tenido ni un Logan (Mangold, 2017) ni un Vengadores: Infinity War (Russo & Russo, 2018) y, por supuesto, nada remotamente cercano a El Caballero Oscuro (Nolan, 2008). A menudo, cuando se dice que una película de videojuegos es «pasable» o «decente», suele ir acompañado de la coletilla: «Para ser una peli de videojuegos». Como ejemplos de esto, me vienen a la mente la reciente y exitosa Sonic, la película (Fowler, 2020) o Warcraft: el Origen (Jones, 2016).

No obstante, pese a honrosas excepciones como las citadas, es innegable que el baremo no resulta para nada halagador. Los fanáticos del mundillo han tenido que conformarse con las mediocres Assassin’s Creed (Kurzel, 2016), Doom (Bartkowiak, 2005) o Rampage (Peyton, 2018) o las infumables sagas de Hitman, Dead or Alive o Resident Evil. Y, si nos ponemos a hablar de la filmografía de Uwe Boll, tendríamos material para otro artículo, un libro y una tesis doctoral…

Fotograma de Mortal Kombat (2021). Cole Young (Lewis Tan), luchador de MMA y nuevo protagonista; creado exclusivamente para la película.

En cuanto a la relación de este humilde espectador con la franquicia de Mortal Kombat, me considero un jugador ocasional de la misma y siempre disfruté tanto de sus brutales y exagerados combates como de sus personajes y lore. Por otra parte, vi las dos incursiones cinematográficas de finales de los 90. La de Paul W. S. Anderson se deja ver, pero le faltan factura técnica y la violencia de los juegos (era PG-13). La segunda parte, Mortal Kombat: Aniquilación (Leonetti, 1997) hace honor a su nombre: un risible y completo despropósito que solo se puede recomendar con una botella de ginebra en mano.

Fotograma de Mortal Kombat: Anquiliación (1997). Hasta los Power Rangers tenían más presupuesto.

Entonces, con el listón tan bajo, ¿es Mortal Kombat (McQuoid, 2021) mejor que sus predecesoras? Obviamente; no era muy complicado. No obstante, pese a ser gamberra y brutal, tiene problemas que conviene comentar.

Lo mejor de este reboot son los personajes de Scorpion (Hiroyuki Sanada) y Sub-Zero (Joe Taslim). Los combates entre ambos son brutales y su rivalidad en pantalla es la única dinámica entre personajes que se siente bien construida y dramáticamente potente. Precisamente, la película arranca con una secuencia ambientada en el período Edo japonés. La violencia y el tono de este fragmento no tienen nada que envidiar a una película como 13 asesinos (Miike, 2010) y, lo que es más importante aún, nos introduce a estos dos enemigos mortales y los motivos detrás de su milenaria rencilla. Es, sencillamente, la mejor secuencia de toda la película. Y ahí está, en parte, su mayor problema: una vez se pone toda la carne en el asador, lo más probable es quedarse a medio gas…

Fotograma de la película. Scorpion (Hiroyuki Sanada) y Sub-Zero (Joe Taslim), cara a cara.

En cuanto al resto del elenco, el parecido físico de los actores con sus contrapartes jugables resulta bastante fidedigno. El maquillaje y el vestuario no se sienten ni cutres ni ridículos y la ristra de luchadores que aparece, así como algún que otro guiño o cameo, deleitará con creces a los fanáticos de la saga.

Sin embargo, la película adolece de un grave problema, una cuestión narrativa y de montaje: el ritmo es demasiado apresurado. El filme está tan empeñado en no aburrir nunca, en llevarnos de una localización a la siguiente y en introducir un nuevo personaje cada cinco minutos, que no tiene tiempo para profundizar en las relaciones entre sus personajes ni en disfrutar de la lograda ambientación.

Ejemplos claros de ello son la presentación de ciertos personajes como Goro (recreado íntegramente por CGI) o Kung Lao (Max Huang), que aparecen prácticamente de la nada y con apenas un par de líneas como introducción.

Fotograma de la cinta. Vemos a Goro, uno de los malos más queridos de los juegos.

Con las relaciones entre los protagonistas, ocurre exactamente lo mismo: el nuevo héroe Cole Young tiene como motivación defender a su hija y a su esposa, pero apenas pasa tiempo con estas. Incluso se plantea cierto simbolismo a través de una pulsera de la hija que luego se olvida por completo.

El escepticismo de Lord Raiden (un genial y desaprovechado Tadanobu Asano) hacia Cole se pasa, prácticamente, en un suspiro. Hay un personaje que muere a mitad de la cinta, pero ha sido presentado de forma tan abrupta que su final nos importa entre poco y nada. Y cómo olvidar la derrota de Shang Tsung (Chin Han) que, si bien no es el villano con más presencia (ese sería Sub-Zero), se supone que es la mente maestra tras todo el complot. Pues, pese a dicho peso narrativo, se deshacen de él con un chiste (literalmente).

Concretamente, las dos únicas dinámicas interesantes son la ya comentada enemistad entre Sub-Zero y Scorpion y la camaradería entre Sonya Blade (Jessica McNamee) y Jax (Mehcad Brooks). En resumidas cuentas, la película apuesta por la acción dinámica y trepidante; pisa el acelerador, en lugar de frenar. En consecuencia, una franquicia a menudo alabada por la imaginería visual de sus escenarios y por su galería de héroes y villanos se convierte en un «visto y no visto», desbaratando cualquier tipo de construcción dramática. Para ciertos espectadores puede ser un problema; para los sedientos de adrenalina, no tanto…

Fotograma de la película. Sonya Blade (Jessica McNamee) le planta cara a Kano (Josh Lawson).

Por otra parte, los diálogos tienen varias frases que pueden resultar cursis o, directamente, embarazosas. No obstante, si se aprecia que varias de ellas son menciones directas al juego («Get over here!» o «Flawless Victory«) y que la película está buscando un tono macarra y exagerado (es decir, que ni ella misma se toma en serio), quizás la audiencia debería optar por hacer lo mismo.

En cuanto a la acción, los fans preguntarán: «¿Qué tal está?» Pues cumple con creces: es creativa, grotesca y tiene un sentido del humor muy negro. No obstante, no esperéis toparos con nada equiparable a los salvajes fatalities y brutalities de los últimos juegos. Aún así, hay brazos arrancados, cabezas cortadas, tripas sacadas… Una verdadera oda a la casquería.

Así mismo, la decisión de mostrar los combates (casi siempre) en planos generales y la contundente edición de sonido (huesos rotos, rayos, fuego, golpes, etc), combinada con una notable BSO de Benjamin Wallfisch, dan lugar a una experiencia bastante cercana a jugar una partida. Es más, hay incluso planos concretos (en la batalla final, por ejemplo) que aluden precisamente al encuadre con el que arranca cualquier pelea del videojuego.

Fotograma de la película. Liu Kang (Ludi Lin) y su primo Kung Lao (Max Huang).

Entonces, ¿es Mortal Kombat (2021) una buena adaptación? En términos estéticos, desde luego; la influencia de James Wan (The Conjuring, Saw, Aquaman) desde el equipo de producción se percibe de forma evidente. Sin embargo, en términos narrativos, se siente como un prólogo, como una presentación de personajes que exhibe un futuro prometedor (el último plano es toda una declaración de intenciones), pero que no termina de despegar sin la complicidad y paciencia de los fans. ¿Es entretenida? Desde luego. ¿Es buena? No del todo, pero tampoco es mala como las anteriores entregas.

Aún así, es una cinta que no engaña a nadie. Sabe perfectamente a quién dirigirse: a los fans de las películas de artes marciales (y de las MMA), a los amantes de las bizarradas de los Shaw Brothers y, por supuesto, a los jugadores adeptos de esta franquicia creada por Ed Boon y John Tobias en el, cada vez más, distante año 1992. No obstante, uno no puede evitar imaginarse cómo hubiese sido la película de haber mantenido el tono y estilo de la secuencia inicial; habrá que conformarse con volver a las pelis de Takashi Miike y Takeshi Kitano…

Fotograma de la película. Scorpion (Hiroyuki Sanada) ejecuta su mítico ataque.

Valoración de la película

Puntuación: 3 de 5.

Adaptación disfrutable, cañera y violenta. Divertirá a los forofos del videojuego y de las artes marciales. No recomendable para el que busque un entretenimiento más «cerebral» o serio.