Cruella (2021): El diablo viste de dálmata

Siguiendo la moda de adaptar los clásicos animados de Disney a acción real, así como la estela de películas protagonizadas por villanos «humanizados» (Joker, Venom, Aves de Presa), nos llega esta precuela sobre la perversa diva de la moda; protagonizada (y producida) por Emma Stone y dirigida por Craig Gillespie (Yo, Tonya). Pero, ¿está a la altura de las expectativas? ¿Es el mejor live-action de Disney? ¿O es sólo otro refrito carente de personalidad?
Breve tráiler en español de Cruella.

La historia nos sitúa en Londres de principios de los 70, en plena eclosión de la contracultura punk. Stella (Emma Stone), una joven huérfana que se ha criado entre golfos y rateros, trabaja como limpiadora en unos grandes almacenes regentados por la clase pudiente. Un día, con un performativo acto de rebeldía y creatividad, la muchacha consigue llamar la atención de la Baronesa Von Hellman (Emma Thompson), quien vive por y para la industria de la moda. Así, ante el potencial de Stella, la aristócrata la contrata como modista para su pujante empresa. Pero, poco a poco, Stella comenzará a conectar el pasado de ambas, despertando así a su personalidad más pérfida, vengativa y alocada: Cruella.

En primer lugar, contar el origen de un personaje más que asentado en el imaginario popular (y más de un villano) nunca es sencillo, ya se explicaba en un especial de Todopoderosos dedicado a los villanos. No obstante, tal y como lo ve este humilde espectador, hay dos posibles formas de abordar el origen de un malvado: convertirlo en un alma cándida e incomprendida o mostrarnos una nueva perspectiva/faceta del personaje. Una que nos permita entender, que no compartir, su devenir maligno.

Me alegra confirmar que, aunque muestre ciertos destellos de lo primero, tal y como pasaba en Maléfica (Stromberg, 2014) o en Venom (Fleischer, 2018), tiene más en común con Joker (Phillips, 2019) que con las anteriormente citadas.

Stella (Emma Stone), el «dulce» alter ego de Cruella. Fotograma de la película.

Si bien es cierto que Cruella en esta película es convertida en un icono punk, en una macarra que causa problemas y destrucción allá donde vaya, dista mucho de ser un personaje heroico y positivo. Por un lado, se ve motivada por la venganza, y por otro, se la muestra como un personaje inestable, peligroso, egocéntrico, intimidante y que abraza su lado más perverso. Esto queda patente en varias escenas, tanto en líneas de diálogo como visualmente.

Por tanto, aunque se atribuya la maldad de la diseñadora a un pasado conflictivo y se busque la empatía del espectador, la cinta en ningún momento aboga por convertirla en una heroína, convirtiéndola en algo más interesante y arriesgado que el blanqueamiento perpetrado sobre la maestra del mal (Maléfica) o la némesis de Spider-Man (Venom) en sus respectivos abordajes cinematográficos.

A estas alturas de la película, decir que Emma Stone es un portento es quedarse muy corto. Desde su protagonismo en La La Land (Chazelle, 2017), Criadas y señoras (Taylor, 2011) o La favorita (Lanthimos, 2018), pasando por roles más secundarios pero memorables como Bienvenidos a Zombieland (Fleischer, 2009), Crazy, Stupid, Love (Ficarra & Requa, 2011) o The Amazing Spider-Man (Webb, 2012), resulta imposible negar que es una intérprete brillante y con multitud de registros.

Cruella urdiendo un malévolo plan. Fotograma de la película.

Precisamente, la dirección de Gillespie saca partido a la versatilidad de Stone, exponiéndola a diversas situaciones y escenarios en los que da rienda suelta a sus matices como actriz. El ejemplo más evidente de esto es una escena concreta que no destriparé, pero que ocurre justo en la transición del segundo al tercer acto y que implica un monólogo de Stone. Un soliloquio que el director, inteligentemente, optó por rodar en un solo plano (cámara en mano) y sin cortes. Efectivamente, esa escena fue la que consiguió afianzar mi opinión positiva respecto a la película, puesto que habla de la naturaleza trágica del personaje, y a la vez, de la exaltación de su maldad.

La Baronesa (Emma Thompson), la rival e igual de Cruella. Fuente: asthebunnyhops.com

Por supuesto, la otra gran reina de la función es Emma Thompson. Parece una tontería muy obvia, pero si el guion y la dirección no plasmasen ni explotasen bien la dinámica entre La Baronesa y Cruella, la película se derrumbaría sobre sus propios cimientos. Aún así, resulta un comentario significativo, porque no son pocas las ocasiones en las que una película con dos titanes interpretativos desaprovecha el talento delante de la cámara. Sin salirme de la factoría Disney, como ejemplos ilustrativos me vienen a la mente las dos películas de Alicia protagonizadas por Mia Wasikowska, Anne Hathaway, Helena Bonham Carter y Johnny Depp.

La Baronesa puede recordar a personajes como la temible Miranda Priestly (Meryl Streep) de El diablo viste de Prada (Frankel, 2006), pero con la elegancia, el carisma y la flema británica que sólo una actriz del calibre de Thompson podría aportar. Curiosamente, cuando cierto giro se revela a mitad del metraje, la actitud de su estirada y maquiavélica aristócrata cobra toda una nueva dimensión de significado. Por tratar de desvelar lo menos posible, que Cruella la tome como referente pero también como enemiga personal tiene muchísimo sentido. Ya saben lo que se dice: «Los polos iguales se repelen»

No obstante, Cruella cuenta con un reparto de secundarios que, pese a quedar opacados por la justa interpretativa de las dos Emmas, no desentonan en lo absoluto ni carecen de presencia. A destacar, el siempre solvente Mark Strong (Kingsman, Sherlock Holmes, ¡Shazam! ) y Joel Fry (Yesterday), quien consigue añadir un matiz de sensatez al personaje de Gaspar, sin hacerlo menos granuja o cómplice de las tretas de Cruella. Mención especial a Paul Walter Hauser (Richard Jewell) como el bobo y torpe Horacio, que encantará tanto a niños como adultos.

Cruella junto a sus míticos compinches: Gaspar (Joel Fry) y Horacio (Paul Walter Hauser). Fuente: Hipertextual.

Obviamente, era de esperar que un filme con trasfondo en el mundo de la moda ostentase un vestuario espectacular. Aún así, recalcarlo no resulta redundante ni baladí, puesto que el diseño de vestuario de Jenny Beavan (Mad Max: Furia en la carretera) y Tom Davies (La invención de Hugo, Batman v Superman), así como todos los aspectos del diseño de producción (ambientación de época, decorados, maquillaje, etc) merecen ser reconocidos por su apabullante trabajo.

A destacar, las numerosas performance y escándalos públicos que perpetra Cruella, en los que se exhibe un fondo de armario tan excéntrico como creativo.

Cruella orquestando una de sus muchas performance. Fuente: traveler.es

Por otra parte, considero que ésta es la primera película live-action de Disney dirigida con cierta impronta personal y cariño. Porque, ¿qué tenía Dumbo, más allá de los créditos, que nos recordase a Tim Burton? ¿Y su Alicia? Lo mismo se puede aplicar al Aladdín de Guy Ritchie o a la Cenicienta de Kenneth Branagh. Y, como se plantee un análisis de El rey león de Jon Favreau o La bella y la bestia de Bill Condon, necesitaría quinientos párrafos…

En cualquier caso, el director de la fantástica y perversa Yo, Tonya (en la que se perciben varios paralelismos narrativos con ésta) demuestra su energía y talento detrás de la cámara en numerosas secuencias. Por ejemplo, las persecuciones de vehículos que parecen sacadas de una crook story (películas protagonizadas por criminales), un plano secuencia muy concreto que acontece en el interior de un edificio (y que recuerda a algo propio de Scorsese) o el ya comentado monólogo en el parque, donde el recurso de «cámara agitada» no molesta, sino que transmite emociones acordes a lo que siente el personaje. Desde luego, este filme tiene varios planos para el recuerdo; imágenes que saltan de la pantalla y llamarán la atención de incluso el más despistado de los espectadores. Y eso es más de lo que se puede decir de la servicial e impersonal realización de varias de las anteriores reiteraciones en carne y hueso…

Cruella posando grácilmente. Fotograma de la película.

Además, Cruella cuenta con un soundtrack que, si bien sólo se compone de los temas más conocidos de ciertos artistas, no deja de ser una gozada para los oídos. Con la excusa de ambientarse en el Londres de los años 70, el montaje juega con una retahíla de canciones asociadas a los artistas de esa primera ola del punk. Así, los amantes del punk rock (y de la música disco) se alegrarán de saber que la BSO cuenta con nombres tan conocidos como Queen, Blondie, The Clash, Supertramp, los Rolling Stones, the Doors, Electric Light Orchestra (ELO) o los Bee-Gees, por nombrar unos cuantos. Incluso deja espacio para temas más relajados, como Feeling Good de Nina Simone o dos canciones de Ike & Tina Turner. Y por supuesto, conviene mentar los créditos animados finales, donde se escucha la canción Call me Cruella, compuesta e interpretada por Florence + The Machine, que sirve como acompañamiento al deleite visual.

No obstante, pese a que la música es una fortaleza de la película, en ciertos momentos se convierte también en una debilidad. Conviene resaltar que no resulta en un problema de «música marcando el compás de las imágenes», puesto que anteriormente se ha mencionado el despliegue visual que el director y el equipo artístico-técnico importan. Más bien, se trata de un problema de montaje.

Llega un punto, en el que el uso de canciones populares termina saturando. Hay tramos de la película en los que comienza una canción, suena durante aproximadamente un minuto y, acto seguido, comienza a sonar OTRA. Nunca llega a resultar molesto, pero sí bastante reiterativo y ligeramente formulaico, hasta el punto de que apenas hay momentos pausados o contemplativos.

Cruella codeándose con la flor y nata londinense. Fotograma de la película.

Por comentar el otro aspecto negativo resaltable, y el que me impide darle cuatro estrellas o más (como inicialmente pensaba), considero que el tercer acto es una tremenda «bajada de pantalones». Si bien los dos primeros tercios planteaban el origen de una villana ególatra y obsesionada con la moda, el final se convierte en una venganza a medio cocer. Si la película fuese consecuente con lo sembrado previamente, el clímax culminaría de una forma mucho más siniestra y turbia. Para ser claros, es como si Joker/Arthur Fleck no perpetrase sus terribles actos en el desenlace de Joker (Phillips, 2019).

Claro, uno se para a pensar, y se percata de que está ante el Disney de 2021, no el de los años 40 o, tan siquiera, el de los 90. Y el problema es que, durante los dos primeros tramos, el tono consigue engañarte: los personajes tienen un humor muy ácido y negro, hay situaciones de crueldad y maldad por parte de las dos Emmas que se plantean de forma cómica, se exploran tropos comunes del Disney clásico (como los pecados del progenitor o la orfandad), hay ramalazos de Charles Dickens (sobre todo durante el primer acto) y de películas de atracos… Por hacer un spoiler menor, ¡incluso un personaje se emborracha! ¡¿Cuánto tiempo hacía que no ocurría algo así en un producto Disney?!

Cruella exhibiendo uno de sus llamativos vestidos. Fotograma de la película.

Precisamente, la película tiene una calificación de «No recomendada para menores de 12 años». Aún así, la sala estaba a rebosar de niños y esto no me parece desafortunado ni desacertado. Primero, porque ya va siendo hora de que la generación actual de niños se exponga a algo más oscuro que la media de ficciones que consumen. Y segundo, porque la película no tiene ningún elemento como para traumatizar o asustar. Quizás cause una impresión muy grande a niños muy muy pequeños, pero cualquier crío de más de siete años se lo pasará en grande con esta Cruella.

En cualquier caso, esa forma de recular en el desenlace con respecto a la motivación de Cruella, no deja de ser una estrategia para mantener la simpatía del espectador hacia el personaje. Insisto, el personaje nunca se plantea como alguien bueno o moralista, sino como alguien que se venga de una persona horrible por métodos destructivos y motivados por puro ego. Pero, teniendo una calificación como la que ostenta, podía haber dado «un paso más allá».

Cruella, sonriente y elegante. Fotograma de la película.

A pesar de ese ligero declive en su último tramo, estamos ante una película sólida, por momentos, visualmente hipnótica, y con un ritmo trepidante. Jamás aburre, divertirá a toda la familia y tiene como atracción principal a dos monstruos de la actuación. Es un origen interesante para el personaje (si bien, nadie lo había pedido) y, por lo menos, no es una copia plano por plano de una cinta animada.

Al final, no deja de ser una historia de ascenso al poder, con todas las connotaciones maquiavélicas que ello implica; por lo que me cuesta compartir el argumento de Cruella resignificada como «heroína» o «buena». Tampoco la percibo como un blanqueamiento/enaltecimiento de la villana, sino como una reconfiguración de la original, un intento de mostrarnos su punto de vista y pasado, así como su inestable mentalidad, antes de los acontecimientos de 101 Dálmatas.

Justamente, una simpática escena postcréditos sienta las bases para una futura adaptación del filme animado. Atendiendo a lo construido en Cruella, no sería necesariamente una copia idéntica de la animada ni de la Glenn Close, sino que podría tener su propia identidad, sin dejar de rendir tributo. En caso de dar luz verde a dicha secuela, y si se mantiene a Emma Stone y Craig Gillespie como figuras implicadas en el proyecto, «El Ratón» contará con mi entrada.

Breve tráiler con una canción de Florence + The Machine, un tema compuesto para la película. Fuente: YouTube.

Valoración de la película

Puntuación: 3.5 de 5.

El mejor live-action de Disney hasta la fecha. Los dos primeros actos son divertidos, llenos de imágenes vibrantes y una música atrapante. Si bien el último tercio se torna como algo más previsible, las fantásticas interpretaciones de las dos actrices principales te mantienen al borde del asiento.

Se agradece su tono más siniestro, pues nos recuerda que Disney, cuando quiere, puede tener muy mala leche.

Si te apetece ver algo diferente y adentrarte en la psique de esta villana desde una nueva perspectiva, la recomiendo encarecidamente.

El metro de Londres, el primer metro de la historia, cumple hoy 158 años

Actualmente, el London Underground cuenta con más de 270 estaciones y 9 zonas, repartidas en 11 líneas de metro
Mapa de rutas del metro de Londres. Fuente: Deposit Photos

El metro de Londres se ha convertido en uno de los elementos más icónicos de la ciudad. Hoy, 10 de enero de 2021, el subterráneo más antiguo del mundo cumple 158 años.

Hay que remontarse a la Revolución Industrial para explicar el origen del Underground. Cuando la población rural comenzó a emigrar hacia los grandes núcleos de las ciudades, Londres se convirtió en una de las urbes más pobladas del mundo. Los ciudadanos británicos iban en busca de mejores condiciones laborales, hacia las fábricas. El hecho de que de un momento a otro la ciudad sufriese una superpoblación hizo que, aprovechando unas obras que estaban teniendo lugar en la ciudad, se planteara la construcción de un subterráneo para deshacer verdaderos problemas de logística, comunicación y, sobre todo, congestión del centro de la ciudad.

En 1851 tuvo lugar la Gran Exposición, en la que se materializa el proyecto ideado por Charles Pearson y se inauguraba la primera línea del metro: la North Metropolitan Railway. Pearson, quien abogó por la existencia del “ferrocarril barato que permitiera a las clases obreras residir en distritos adyacentes”, murió antes de que el trabajo fuera terminado.

La Gran Exposición Universal de Londres, 1851. Fuente: A orillas del Támesis

El avance tecnológico del paso de las locomotoras de vapor a trenes eléctricos fue el impulso necesario para conocer al metro de Londres como lo conocemos hoy. Este avance, junto con la nueva técnica para construir los túneles, fueron los dos grandes pasos que determinaron la historia del metro.

Así pues, en el primer mes de 1863, el metro de Londres comenzó sus actividades transportando alrededor de 26.000 pasajeros al día a los pocos meses de su apertura. 11,8 millones de pasajeros utilizaron la que fuera la línea principal del metro, la Metropolitan Line, en su primer año de vida. Algunos meses antes, el periódico británico Times bautizaba el invento como un “insulto al sentido común”.

Desde el inicio de las operaciones del Underground, las dos compañías militantes del Metro de Londres, Metropolitan y District, tuvieron múltiples desacuerdos. Uno de ellos tuvo lugar cuando en 1850 ambas empresas recibieron el permiso para la construcción de la línea Inner Circle (actualmente Circle Line). Esta línea tardó en ver la luz debido a la rivalidad entre ambas corporaciones.

Restos de la Inner Circle (Brunswick Street North en Fitzroy North). La línea es actualmente un carril para bicis. Fuente: Wikipedia

Sin duda, el metro facilitó la modernización y expansión de la ciudad, haciendo que sus ciudadanos pudiesen llegar a tiempo al trabajo y se decidieran a mudarse a las afueras para alejarse del caótico centro de la capital británica. Años más tarde, ya en 1905, todas las vías del metro fueron electrificadas y no fue hasta 1908 cuando se construyeron las primeras conexiones de metro y la red se afianzó oficialmente como el London Underground.

Fachada de la estación de Brompton Road, en el centro de Londres. Fuente: Clarín Mundo

El hecho de que muchas corporaciones privadas decidiesen abrir nuevas líneas por su cuenta dificultó la orientación de los usuarios y aumentó su confusión. Por ello, a día de hoy, en la capital hay 40 estaciones de metro abandonadas. Muchas de ellas han sido utilizadas a lo largo del tiempo para rodar películas o, incluso, cultivar verduras. Otras, como almacén de material de todo tipo o como sistemas de ventilación.

Algunas de las paradas de metro abandonadas más famosas de la ciudad son la estación de Aldwych o la de Euston.

Fotos de la estación abandonada de Aldwych

“El gráfico del círculo y la barra, en cualquiera de sus formas, me parece reconocible instantáneamente como la encarnación de la marca del London Underground”

Mark Heavey

Durante la Segunda Guerra Mundial, una de las partes abandonadas de la estación de Picadilly Circus se utilizó como lugar de protección contra los bombardeos de las obras de arte más valiosas del Tate Modern. Estas partes abandonadas de algunas estaciones del metro de Londres sirvieron también para los civiles que encontraban en los túneles un refugio contra las instigaciones de la aviación alemana.

Otro de los usos que se les otorgaban a las líneas desiertas fue, por ejemplo, el caso de la estación de Down Street. Esta línea fue cerrada en 1932, pero volvió a abrirse durante la guerra, allá por los años cuarenta. La vía fue utilizada, en secreto, para acoger el cuartel general de Railway Executive Comittee, el consejo que controlaba las principales líneas del metro y el transporte de las tropas y el material bélico. La estación de Down Street se encontraba perfectamente adaptada para albergar a un total de 40 trabajadores, así como oficinas, salas de reuniones, dormitorios, aseos y un gran comedor. Winston Churchill, el primer ministro británico durante la Segunda Guerra Mundial, fue uno de los invitados especiales a Down Street e hizo de ésta un búnker particular para protegerse de los incesantes bombardeos enemigos.

Aún hoy, en la actualidad, muchas estaciones abandonadas reciben una segunda vida y son utilizadas, por ejemplo, para cultivar huertos, como por ejemplo la de Clapham, situada al suroeste de la capital. La estación de Clapham, barrio del municipio londinense de Lambeth, se utiliza como huerto urbano donde se cultivan multitud de verduras gracias a la luz artificial.

La estación abandonada de Highgate, construida en 1867 y situada al norte de la ciudad, se ha convertido en un verdadero hogar para los murciélagos de los bosques cercanos.

En la actualidad, el metro de Londres (también llamado familiarmente “The Tube” por sus habitantes) es la mayor red de trenes metropolitanos del mundo. Su logo rojo, azul y blanco se ha convertido en un verdadero emblema de Londres y en un orgullo para sus habitantes. “El gráfico del círculo y la barra, en cualquiera de sus formas, me parece reconocible instantáneamente como la encarnación de la marca del London Underground”, afirma Mark Heavey, director de mercadeo y publicidad de la Autoridad Metropolitana de Transporte (MTA). “Es tan histórica, londinense y británica como el Big Ben, las cabinas telefónicas rojas y los buses de dos pisos”, añade.